lunes, 14 de febrero de 2011

La guerra es racismo por otros medios

Media Monitors Network,...14/02/2011


“A un soldado estadounidense le es mucho más fácil matar a un hadji [expresión peyorativa usada por la soldadesca estadounidense para describir a todos los musulmanes, N. del T.] que a un ser humano, lo mismo que a los soldados nazis les era más fácil matar a Untermenschen [seres humanos inferiores, expresión racista utilizada para catalogar a judíos, gitanos y eslavos, N. del T]. William Halsey, quien comandó las fuerzas navales de EE.UU. en el Pacífico Sur durante la Segunda Guerra Mundial, pensaba que su misión era “¡Matar japs [expresión peyorativa utilizada para calificar a los japoneses], matar japs, matar más japs!”, y prometió que una vez terminada la guerra, el idioma japonés sólo se hablaría en el infierno… Si la guerra se desarrolló para que los hombres mataran a bestias gigantes, al extinguirse esos animales, ahora se ocupa de matar a otros hombres, como teoriza Ehrenreich, explicando su vinculación con el racismo y el resto de las amplias diferencias entre los seres humanos".

Lo que hace que sean verosímiles las mentiras más fantásticas e indocumentadas para comenzar y prolongar las guerras son las diferencias y prejuicios hacia los otros y a favor de los nuestros. Sin el fanatismo religioso, el racismo y el chovinismo patriotero, sería más difícil lograr que se aceptasen las guerras.

Hace tiempo que la religión es una justificación para las guerras, libradas por los dioses antes de que lo fueran por los faraones, reyes y emperadores. Si Barbara Ehrenreich tiene razón en su libro Blood Rites: Origins and History of the Passions of War [Ritos de guerra: Orígenes e Historia de las pasiones de la guerra], las precursoras de las guerras fueron las batallas contra leones, leopardos y otros feroces depredadores. De hecho esas bestias depredadoras pudieron ser la base material desde la que se inventaron los dioses -y el origen de los nombres de los drones (aviones no tripulados), por ejemplo el “Predator”.

Ell “máximo sacrificio” de la guerra está íntimamente relacionado con la práctica de sacrificio humano como existía antes de las guerras tal como las conocemos. Las emociones (no las creencias o los logros, sino algunas de las sensaciones) de la religión y de la guerra pueden ser tan similares, si no idénticas, porque las dos prácticas tienen una historia común y nunca han estado muy distantes.

Las cruzadas, las guerras coloniales y muchas otras guerras han tenido justificaciones religiosas. Los estadounidenses libraron guerras religiosas durante muchas generaciones antes de la guerra para indidependizarse de Inglaterra. El capitán John Underhill describió en 1637 su propia guerra heroica contra los pequot:

"El capitán Mason entró en una wigwam [tienda india] y blandió un palo ardiente después de haber herido a muchos en la casa; luego prendió fuego a la parte oeste… yo prendí fuego al extremo sur usando pólvora; los fuegos de los dos lados se encontraron en el centro de la estancia que ardió terriblemente y se quemó todo en media hora; muchas personas valerosas no quisieron salir, lucharon desesperadamente... y por lo tanto perecieron incinerados... muieron valientemente... Muchos resultaron quemados en el campamento, hombres, mujeres y niños.

Underhill explica una guerra santa:

“El señor se complace en imponer a su pueblo problemas y aflicciones para poder presentarse como misericordioso y revelar con más claridad la gracia que concede libremente a sus almas”.

Underhill señala que su propia alma y el pueblo del Señor obviamente son los blancos. Los americanos nativos podrían ser valerosos y audaces, pero no se les reconocía como personas en todo el sentido de la palabra. Dos siglos y medio después muchos estadounidenses han desarrollado una visión mucho más ilustrada, y muchos otros no. El presidente William McKinley consideraba que los filipinos necesitaban la ocupación militar por su propio bien. Susan Brewer menciona este informe de un ministro:

“Hablando a una delegación de metodistas en 1899 [McKinley] insistió en que no había querido las Filipinas y que ‘cuando vinieron a nosotros, como un obsequio de los dioses, no sabía qué hacer con ellas’. Describió cómo rezó de rodillas buscando consejo cuando se le ocurrió que sería ‘cobarde y deshonroso’ devolver las islas a España; ‘un mal negocio’ dárselas a los rivales comerciales Alemania y Francia; e imposible abandonarlas a la ‘anarquía y al mal gobierno’ de los incapaces filipinos. ‘No nos quedó otra cosa que hacer’, concluyó, ‘que tomarlas todas, y educar a los filipinos, elevarlos, civilizarlos y cristianizarlos’. En este relato de guía divina, McKinley olvidó mencionar que la mayoría de los filipinos eran católicos o que las Filipinas tenían una universidad más antigua que Harvard.

Es dudoso que muchos miembros de la delegación metodista cuestionen la sabiduría de McKinley. Como señaló Harold Lasswell en 1927, “Se puede confiar en que las iglesias de casi todas las confesiones bendecirán una guerra popular y verán en ella una oportunidad para el triunfo de cualquier diseño divino que deseen promover”. Todo lo que se necesitaba, dijo Lasswell, era lograr que los “clérigos prominentes” apoyaran la guerra, y “después brillaran menos”.

Los carteles de propaganda en EE.UU. durante la Primera Guerra Mundial mostraban a Jesús de uniforme mirando hacia el cañón de un fusil. Lasswell había vivido una guerra contra los alemanes, un pueblo cuya mayoría pertenecía a la misma religión que los estadounidenses. ¡Es mucho más fácil utilizar la religión en las guerras contra los musulmanes en el siglo XXI! Karim Karim, profesor asociado en la Escuela de Periodismo y Comunicación de la Universidad de Carleton, escribe:

“La imagen históricamente arraigada del ‘musulmán malo’ ha sido bastante útil a los gobiernos occidentales que planificaban ataques contra países de mayoría musulmana. Si pueden convencer a la opinión pública de sus países de que los musulmanes son bárbaros y violentos, parecerá más aceptable que los maten y destruyan sus propiedades”.

En realidad, por supuesto, ninguna religión justifica la guerra, y los presidentes de EE.UU. ya no afirman que sea así. Pero el proselitismo cristiano es común en las fuerzas armadas de EE.UU., y también el odio a los musulmanes. Algunos soldados han informado a la Fundación Militar para la Libertad Religiosa que cuando han buscado consejeros de salud mental los han enviado a los capellanes que les han aconsejado que permanezcan en el “campo de batalla” para “matar musulmanes en nombre de Cristo”.

La religión se puede utilizar para alentar la creencia de que lo que se hace es bueno aunque no tenga ningún sentido. Hay un ser superior que lo entiende, aunque no sea así. La religión puede ofrecer la vida después de la muerte y la creencia de que se mata y se arriesga la vida por la más alta causa que pueda existir. Pero la religión no es la única diferencia entre los grupos que se puede utilizar para promover guerras. Cualquier diferencia de cultura o lenguaje puede servir, y el poder del racismo para facilitar los peores tipos de conducta humana está bien establecido. El senador Albert J. Beveridge (republicano de Indiana) presentó al Senado su propia justificación de inspiración divina para la guerra contra las Filipinas:

“Dios no ha estado preparando a los pueblos de habla inglesa y teutónicos durante mil años para una auto-contemplación vana y ociosa. ¡No! Nos ha convertido en los organizadores magistrales del mundo para establecer un sistema en los lugares donde reina el caos.”

Las dos guerras mundiales en Europa, aunque se libraron entre naciones consideradas ahora típicamente “blancas”, también participaron del racismo por todas las partes. El periódico francés La Croix celebró el 15 de agosto de 1914: “el antiguo brío de los galos, los romanos, y los franceses que resurge dentro de nosotros” y declaró que:

“Hay que expurgar a los alemanes de la ribera izquierda del Rin. Hay que empujar a esas hordas infames dentro de sus propias fronteras. Los galos de Francia y Bélgica deben rechazar al invasor con un golpe decisivo, de una vez por todas. La guerra racial se hace presente.”

Tres años después llegó el turno de la locura a EE.UU. El 7 de diciembre de 1917, el congresista Walter Chandler (demócrata por Tennessee) declaró en la sala de la Cámara:

“Se ha dicho que si se analiza la sangre de un judío bajo el microscopio, se encontrarán el Talmud y al Antiguo Testamento flotando en algunas partículas. Si se analiza la sangre representativa de un alemán o teutón se encontrarán ametralladoras y partículas de obuses y bombas flotando en la sangre… Hay que combatirlos hasta destruirlos a todos”

Esta forma de pensar no sólo ayuda a sacar las chequeras de los bolsillos de los miembros del congreso para financiar la guerra, sino también para que envíen a los jóvenes a la guerra para que cometan la matanza. No es fácil matar. Casi el 98% de las personas son reacias a matar a otras. Un psiquíatra ha desarrollado una metodología para conseguir que la Armada de EE.UU. prepare mejores asesinos. Incluye técnicas para:

“…lograr que los hombres piensen en los enemigos potenciales a los que tendrán que enfrentarse como seres inferiores, [mediante películas] sesgadas para presentar al enemigo como infrahumano: se ridiculizan las costumbres locales como si fueran estupideces y las personalidades locales se presentan como semidioses malvados”.

“A un soldado estadounidense le es mucho más fácil matar a un hadji [expresión peyorativa usada por la soldadesca estadounidense para describir a todos los musulmanes, N. del T.] que a un ser humano, así como a los soldados nazis les resultaba más fácil matar aUntermenschen [seres humanos inferiores, expresión racista utilizada para catalogar a judíos, gitanos y eslavos, N. del T]. William Halsey, quien comandó las fuerzas navales de EE.UU. en el Pacífico Sur durante la Segunda Guerra Mundial, pensaba que su misión era “¡Matar japs [expresión peyorativa utilizada para calificar a los japoneses], matar japs, matar más japs!”, y prometió que cuando acabase la guerra el idioma japonés sólo se hablaría en el infierno… Si la guerra se desarrolló para que los hombres mataran a bestias gigantes, al extinguirse esos animales, ahora se ocupa de matar a otros hombres, como teoriza Ehrenreich, explicando su vinculación con el racismo y el resto de las amplias diferencias entre los seres humanos. Pero el nacionalismo es la más reciente, poderosa y misteriosa fuente de devoción mística alineada con la guerra, que en sí surgió de las guerras. Mientras los antiguos caballeros morían por su propia gloria, los hombres y mujeres modernos mueren por un trozo de tela coloreada a la que ellos no le importan para nada. El día después de que EE.UU. declarara la guerra a España en 1898, el primer Estado (Nueva York) promulgó una ley que obligaba a los escolares a saludar la bandera de EE.UU. Otros le siguieron. El nacionalismo era la nueva religión.”

Según los informes Samuel Johnson observó que el patriotismo es el último refugio de un canalla, mientras otros han sugerido que, al contrario, es el primero. Cuando tiene que ver con la motivación de emociones belicistas, si otras diferencias fallan, siempre existe la siguiente: el enemigo no pertenece a nuestro país ni saluda nuestra bandera. Cuando EE.UU. se involucró más profundamente, por medio de mentiras, en la Guerra de Vietnam, todos los senadores menos dos votaron a favor de la resolución del Golfo de Tonkín. Uno de los dos, Wayne Morse (demócrata de Oregón) dijo a otros senadores que el Pentágono le había dicho que el supuesto ataque de los norvietnamitas había sido provocado. La información de Morse era correcta. Cualquier ataque habría sido provocado. Pero el ataque en sí era ficticio. Sin embargo los colegas de Morse no se le opusieron sobre la base de que estaba equivocado. En vez de eso, un senador le dijo:

"Qué diablos, Wayne, no se puede iniciar una pelea con el presidente cuando todas las banderas ondean y estamos a punto de iniciar una convención nacional. Todo lo que [el presidente] Lyndon [Johnson] quiere es un trozo de papel que le diga que hicimos lo correcto allá, y que lo apoyamos.”

Mientras la guerra continuaba a duras penas, destruyendo sin sentido millones de vidas, los senadores discutían en secrto en el Comité de Relaciones Exteriores su preocupación porque les habían mentido. Pero prefirieron guardar silencio y las actas de esas reuniones no se hicieron públicas hasta 2010. Al parecer las banderas habían siguieron ondeando durante todos estos años.

La guerra es tan buena para el patriotismo como el patriotismo para la guerra. Cuando comenzó la Primera Guerra Mundial, muchos socialistas europeos se unieron alrededor de sus diversas banderas nacionales y abandonaron la lucha por la clase trabajadora internacional. Todavía en la actualidad nada impulsa tanto a la oposición estadounidense a las estructuras internacionales del gobierno como nuestro interés por la guerra y la insistencia en que los soldados estadounidenses nunca sean sometidos a otra autoridad que la de Washington D.C.

NO SON 10 MILLONES DE PERSONAS. ES ADOLF HITLER

Pero las guerras no son libradas contra banderas o ideas, naciones o dictadores satanizados. Son libradas contra personas, un 98% de las cuales son reacias a matar, y que en su mayoría tuvieron poco o nada que ver con el origen de la guerra. Una manera de deshumanizar a esa gente es reemplazarla por completo por la imagen de un solo individuo monstruoso.

Marlin Fitzwater, secretario de prensa de la Casa Blanca para los presidentes Ronald Reagan y George H. W. Bush, dijo que la guerra es “más fácil de comprender para la gente si el enemigo tiene una cara”. Dio ejemplos: “Hitler, Ho Chi Minh, Sadam Hussein, Milosevic”. Fitzwater también podría haber incluido el nombre de Manuel Antonio Noriega. Cuando el primer presidente Bush trató, entre otras cosas, de probar que no era ningún “debilucho” al atacar Panamá en 1989, la justificación más destacada fue que el dirigente panameño era un tipo raro, malvado, enloquecido por la droga, con una cara marcada por la viruela, al que le gustaba cometer adulterio. Un artículo importante en el extremadamente serio New York Times del 26 de diciembre de 1989, comenzó diciendo:

“La central de los militares de EE.UU. aquí, que ha presentado al general Manuel Antonio Noriega como un dictador antojadizo, que esnifa cocaína, quien reza a dioses del vudú, anunció hoy que el dirigente depuesto usaba ropa interior roja y se relacionaba con prostitutas”.

No importa que Noriega haya trabajado para la Agencia Central de Inteligencia de EE.UU. (CIA) incluso cuando robó la elección de 1984 en Panamá. No importa que su verdadero crimen haya sido negarse a apoyar la guerra de EE.UU. contra Nicaragua. No importa que EE.UU. haya sabido durante años del narcotráfico de Noriega y continuado a trabajar con él. Ese hombre esnifaba cocaína en ropa interior roja con mujeres que no eran su esposa. “Es agresión con tanta certeza como la invasión de Polonia por Adolf Hitler hace 50 años”, declaró el secretario adjunto de Estado Lawrence Eagleburger hablando del narcotráfico de Noriega. Los liberadores estadounidenses que invadieron Panamá incluso afirmaron que encontraron un gran montón de cocaína en una de las casas de Noriega, aunque resultó que eran tamales envueltos en hojas de plátanos. ¿Y si los tamales hubieran sido realmente cocaína? ¿Hubieran justificado, como el descubrimiento de verdaderas “armas de destrucción masiva” en Bagdad en 2003, la guerra?

La referencia de Fitzwater a "Milosevic" fue, claro está, a Slobodan Milosevic, entonces presidente de Serbia, a quien David Nyhan del Boston Globellamó en enero de 1999, “lo más parecido a Hitler que Europa haya enfrentado en el último medio siglo”. Excepto, ya sabéis, todos los demás. En 2010, la práctica en la política interior de EE.UU., de comparar con Hitler a cualquiera con el que se estuviera en desacuerdo se había hecho casi cómica, pero es una práctica que ha ayudado a lanzar muchas guerras y todavía podría provocar más. Sin embargo, para pelearse hacen falta dos: en 1999, los serbios llamaban al presidente de EE.UU. “Bill Hitler”.

En la primavera de 1914, en un cine en Tours, Francia, una imagen de Guillermo II, emperador de Alemania, apareció por un momento en la pantalla. Se armó la gorda.

“Todos gritaban y silbaban, hombres, mujeres, y niños, como si hubieran sido insultados personalmente. La gente bonachona de Tours, que no sabía más del mundo y de la política que lo que leían en sus periódicos, se volvió loca por un instante,” según Stefan Zweig. Pero los franceses no combatirían contra el Káiser Guillermo II. Combatirían contra gente de a pie que por casualidad había nacido a poca distancia de ellos mismos, en Alemania.

Con el pasar de los años nos han dicho cada vez más que las guerras no son contra la gente, sino sólo contra malos gobiernos y sus malévolos dirigentes. Una y otra vez nos dejamos engañar por retórica trillada sobre nuevas generaciones de armas “de precisión” que nuestros dirigentes afirman que pueden atacar a regímenes opresores sin dañar a la gente que pensamos que estamos liberando. Y libramos guerras por el “cambio de régimen”. Si las guerras no terminan cuando el régimen ha sido cambiado, es porque tenemos la responsabilidad de las criaturas “ineptas”, de los niñitos, cuyos regímenes hemos cambiado. Sin embargo, no existe un antecedente establecido de que esto haga algún bien. EE.UU. y sus aliados lo hicieron relativamente bien en Alemania y Japón después de la Segunda Guerra Mundial, pero podrían haberlo hecho también por Alemania después de la Primera Guerra Mundial y haberse ahorrado la secuela. Alemania y Japón fueron convertidos en escombros, y las tropas estadounidenses todavía no se van. No es exactamente un modelo para nuevas guerras.

Mediante guerras o acciones semejantes, EE.UU. ha derrocado gobiernos en Hawái, Cuba, Puerto Rico, las Filipinas, Nicaragua, Honduras, Irán, Guatemala, Vietnam, Chile, Granada, Panamá, Afganistán, e Iraq, para no mencionar el Congo (1960); Ecuador (1961 & 1963); Brasil (1961 & 1964); la República Dominicana (1961 & 1963); Grecia (1965 & 1967); Bolivia (1964 & 1971); El Salvador (1961); Guyana (1964); Indonesia (1965); Ghana (1966); y desde luego Haití (1991 and 2004). Hemos reemplazado la democracia por dictaduras, las dictaduras por el caos, y el gobierno local por dominación y ocupación estadounidense. En ningún caso hemos reducido evidentemente el mal. En la mayoría de los casos, incluidos Irán e Iraq, las invasiones estadounidenses y golpes respaldados por EE.UU. han causado severa represión, desapariciones, ejecuciones extra-judiciales, tortura, corrupción y prolongados reveses para las aspiraciones democráticas de la gente común.

El enfoque en los gobernantes en las guerras no es motivado por el altruismo sino por la propaganda. A la gente le gusta imaginar que una guerra es un duelo entre grandes dirigentes. Eso requiere que se satanice a uno y glorifique al otro.

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SI NO ESTÁS A FAVOR DE LA GUERRA, ESTÁS A FAVOR DE TIRANOS, ESCLAVITUD Y NAZISMO

EE.UU. nació de una guerra contra el personaje del rey Jorge, cuyos crímenes son enumerados en la Declaración de Independencia. Jorge Washington fue glorificado como corresponde. El rey Jorge de Inglaterra y su gobierno eran culpables de los crímenes aducidos, pero otras colonias obtuvieron sus derechos e independencia sin una guerra. Como en el caso de todas las guerras, no importa cuán antiguas y gloriosas, la Revolución Estadounidense fue impulsada por mentiras. La historia de la Masacre de Boston, por ejemplo, fue tan distorsionada que resulta irreconocible, incluido un grabado de Paul Revere que mostraba a los británicos como carniceros. Benjamin Franklin produjo una edición falsificada del Boston Independent en la cual los británicos alardeaban de la caza de cabelleras. Thomas Paine y otros panfletistas entusiasmaron a los colonos a favor de la guerra, pero no sin consejos erróneos y falsas promesas. Howard Zinn describe lo que pasó:

“Cerca de 1776, cierta gente importante en las colonias inglesas hizo un descubrimiento que resultaría ser enormemente útil durante los doscientos años siguientes. Vieron que al crear una nación, un símbolo, una unidad legal llamada EE.UU., podían apoderarse de tierras, ganancias y poder político de favoritos del Imperio Británico. Al hacerlo, podían contener una serie de rebeliones potenciales y crear un consenso de apoyo popular para el gobierno de una nueva dirigencia privilegiada.”

Como señala Zinn, antes de la revolución había habido 18 levantamientos contra gobiernos coloniales, seis rebeliones negras, y 40 disturbios, y las elites políticas vieron una posibilidad de reorientar la cólera contra Inglaterra. A pesar de ello los pobres, quienes no se beneficiarían con la guerra o cosecharían sus recompensas políticas, tuvieron que ser obligados por la fuerza para que combatieran en ella. Muchos, incluidos esclavos a los que los británicos prometieron más libertad, desertaron o cambiaron de lado. El castigo por infracciones en el Ejército Continental, era 100 latigazos. Cuando Jorge Washington, el más rico en EE.UU., no pudo convencer al Congreso de que aumentara el límite legal a 500 latigazos, consideró la posibilidad de que en su lugar se utilizara el trabajo forzado, pero abandonó la idea porque el trabajo forzado habría sido indistinguible del servicio regular en el Ejército Continental. Los soldados también desertaban porque necesitaban alimento, vestimenta, albergue, medicinas y dinero. Se alistaban por la paga, no les pagaban, y ponían en peligro el bienestar de sus familias al permanecer en el Ejército sin paga. Cerca de dos tercios eran ambivalentes a favor o en contra de la causa por la que combatían y sufrían. Rebeliones populares, como la Rebelión de Shays en Massachusetts vinieron después de la victoria revolucionaria.

Los revolucionarios estadounidenses también pudieron abrir el oeste a la expansión y a las guerras contra los nativos americanos, algo que los británicos habían estado prohibiendo. La Revolución Estadounidense, el acto mismo de nacimiento y liberación de EE.UU., fue también una guerra de expansión y conquista. El rey Jorge, según la Declaración de Independencia, “se había esforzado por provocar a los habitantes de nuestras fronteras, los implacables Indios Salvajes”. Por cierto, se trataba de gente que combatía en defensa de sus tierras y sus vidas. La victoria en Yorktown fue una mala noticia para su futuro, ya que Inglaterra transfirió sus tierras a la nueva nación.

Otra guerra sagrada en la historia de EE.UU., la Guerra Civil, fue librada –cree tanta gente– a fin de poner fin al mal de la esclavitud. En realidad, ese objetivo fue una excusa tardía para una guerra que ya había comenzado, tal como llevar la democracia a Iraq se convirtió en una justificación tardía para una guerra iniciada en 2003, abrumadoramente en nombre de la eliminación de armamento ficticio. En realidad, la misión de terminar con la esclavitud era necesaria para justificar una guerra que se había hecho demasiado horrorosa como para justificarla sólo con el vacío objetivo político de la “unión”. El patriotismo todavía no había sido inflado hasta ser la enormidad que es actualmente. Las víctimas aumentaban fuertemente: 25.000 en Shiloh, 20.000 en Bull Run, 24.000 en un día en Antietam. Una semana después de Antietam, Lincoln emitió la Proclamación de Emancipación, que liberaba a los esclavos sólo donde Lincoln no podía liberar a los esclavos si no ganaba la guerra. (Sus órdenes liberaron a los esclavos sólo en Estados del Sur que se habían separado, no en los Estados fronterizos que continuaban en la unión.) El historiador de Yale, Harry Stout, explica por qué Lincoln tomó ese paso:

“Según el cálculo de Lincoln, la matanza debe continuar en una escala cada vez mayor. Pero para lograrlo, tiene que persuadir a la gente para que derrame sangre sin reservas. Esto, por su parte, requería una certeza moral de que la matanza era justa. Sólo la emancipación –la última carta de Lincoln– aseguraría una certeza semejante.”

La Proclamación también tuvo éxito contra la entrada a la guerra de Gran Bretaña de parte del Sur.

No podemos saber con seguridad lo que hubiera pasado en las colonias sin la revolución, o a la esclavitud sin la Guerra Civil. Pero sabemos que gran parte del resto del hemisferio terminó con el régimen colonial y la esclavitud sin guerras. Si el Congreso hubiera tenido la decencia de terminar la esclavitud mediante legislación, tal vez la nación la hubiera terminado sin división. Si se hubiera permitido que el Sur de EE.UU. se independizara en paz, y la Ley de Esclavos Fugitivos hubiese sido fácilmente revocada por el Norte, parece poco probable que la esclavitud habría durado mucho más.

Se habla menos de la Guerra entre México y EE.UU., que fue librada en parte para expandir la esclavitud – una expansión que puede haber ayudado a conducir a la Guerra Civil. Cuando EE.UU., durante esa guerra, obligó a México a renunciar a sus territorios septentrionales, el diplomático estadounidense Nicholas Trist negoció con extrema firmeza sobre un punto. Escribió al secretario de Estado de EE.UU.: “Aseguré [a los mexicanos] que si pudieran ofrecerme todo el territorio descrito en nuestro proyecto, con un valor aumentado por diez y, además, cubierto enteramente con una capa de un grosor de un pié de oro puro, con la única condición de que se excluyera la esclavitud, no podría considerar la oferta ni por un instante.”

¿Fue librada esa guerra contra el mal, o por su cuenta?

La guerra más sagrada e incuestionable en la historia de EE.UU., es la Segunda Guerra Mundial. En las mentes de numerosos estadounidenses contemporáneos, la Segunda Guerra Mundial fue justificada por el grado de maldad de Adolf Hitler, y esa maldad se encuentra sobre todo en el holocausto.

Pero no encontraréis ningún afiche de reclutamiento del Tío Sam que diga “Te quiero… para salvar a los judíos”. Cuando se introdujo una resolución en el Senado de EE.UU. en 1934 que expresaba “sorpresa y dolor” ante las acciones de Alemania, pidiendo que Alemania restaurara los derechos a los judíos, el Departamento de Estado “causó que fuera enterrada en el comité”.

En 1937 Polonia había desarrollado un plan para enviar a los judíos a Madagascar, y la República Dominicana también tenía un plan para aceptarlos. El primer ministro Neville Chamberlain de Gran Bretaña presentó un plan para enviar a los judíos alemanes a Tanganica en África Oriental. Representantes de EE.UU., Gran Bretaña, y de naciones suramericanas se reunieron en el lago de Ginebra en julio de 1938 y se pusieron de acuerdo en que no aceptarían a los judíos.

El 15 de noviembre de 1938, periodistas preguntaron al presidente Franklin Roosevelt qué se podía hacer. Respondió que se negaría a considerar que se permitieran más inmigrantes que los permitidos por el sistema estándar de cuotas. Se presentaron leyes en el Congreso para permitir que 20.000 judíos bajo la edad de 14 años entraran a EE.UU. El senador Robert Wagner (demócrata de Nueva York) dijo: “Miles de familias estadounidenses ya han expresado su disposición a recibir a niños refugiados en sus casas”. La primera dama Eleanor Roosevelt dejó de lado su antisemitismo para apoyar la legislación, pero su esposo la bloqueó con éxito durante años.

En julio de 1940, Adolf Eichmann, “el arquitecto del holocausto”, quería enviar a todos los judíos a Madagascar, que entonces pertenecía a Alemania, ya que Francia había sido ocupada. Los barcos tendrían que esperar sólo hasta que los británicos, lo que entonces significaba Winston Churchill, terminaran su bloqueo. Eso nunca tuvo lugar. El 25 de noviembre de 1940, el embajador francés pidió al secretario de Estado de EE.UU. que considerara la aceptación de refugiados judíos alemanes que entonces estaban en Francia. El 21 de diciembre, el secretario de Estado lo rechazó. En julio de 1941, los nazis habían determinado que una solución final para los judíos consistiría de un genocidio en lugar de la expulsión.

En 1942, con la ayuda del Buró del Censo, EE.UU. encerró a 110.000 japoneses-estadounidenses y japoneses en varios campos de concentración, sobre todo en la Costa Oeste, donde fueron identificados con números en lugar de nombres. Esa acción, emprendida por el presidente Roosevelt, fue apoyada dos años después por la Corte Suprema de EE.UU.

En 1943, soldados blancos estadounidenses fuera de servicio atacaron a latinos y africano-estadounidenses en los “disturbios zoot suit [trajes pachucos]”, desnudándolos y golpeándolos en las calles de una manera que hubiera enorgullecido a Hitler. El consejo municipal de Los Angeles, en un notable intento de culpar a las víctimas, respondió con la prohibición del estilo de vestimenta usado por inmigrantes mexicanos llamado zoot suit. Cuando soldados estadounidenses iban apretujados en el Queen Mary en 1945 en camino a la guerra europea, los negros estaban separados de los blancos y estibados en lo profundo del barco cerca de la sala de máquinas, lo más lejos posible del aire fresco, en el mismo lugar en el que los negros habían sido llevados a América desde África siglos antes. Los soldados africano-estadounidenses que sobrevivieron a la Segunda Guerra Mundial no pudieron volver legalmente a casa a muchos sitios de EE.UU. si se habían casado con mujeres blancas en el extranjero. Soldados blancos que se habían casado con asiáticas enfrentaron las mismas leyes contra el cruce de razas en 15 Estados.

Es simplemente disparatado sugerir que EE.UU. libró la Segunda Guerra Mundial contra la injusticia racial o para salvar a los judíos. Lo que nos dicen sobre el motivo de las guerras es muy diferente de su verdadero objetivo. En gran parte, las guerras son racismo por otros medios.

David Swanson es cofundador de AfterDowningStreet, escritor y activista, y el director en Washington de Democrats.com. Contribuyó este artículo a Media Monitors Network (MMN).

Traducido del inglés para Rebelión por Germán Leyens

Fuente: http://americas.mediamonitors.net/content/view/full/82999

domingo, 13 de febrero de 2011

La caída de Mubarak y la bancarrota de los imperios Occidentales


Rebelión...13/02/2011


Luego de tres décadas de apoyo militar y económico a la dictadura de Mubarak y de enviar billones de dólares anualmente para sostenerlo, las primeras declaraciones de los líderes occidentales ante la caída de Mubarak ha sido vendernos la idea de que fueron sus "principios democráticos liberales" los que han prevalecido intentando capitalizar de la revolución árabe para ahora aparecer como los que en todo momento han apoyado las reformas democráticas en Egipto. Parecieran revolucionarios de la Plaza Tahrir. Ninguna excusa pública o autocrítica ante el pueblo egipcio por haber apoyado las atrocidades, el despojo de recursos, las torturas, los asesinatos, y la destrucción económica neoliberal que occidente ha ejercido a través de la dictadura de Mubarak. Ahora los lobos se disfrazan de ovejas. Los mismos líderes que hasta hace unos días andaban metiendo miedo con el "Islam político" para justificar el apoyo al dictador Mubarak, hoy aparecen como si fueran anti-Mubarakianos de toda la vida. Si nos dejamos llevar por sus discursos, pareciera como si en todo momento los imperialistas occidentales hubieran estado apoyando la revolución democrático-popular en Túnez y Egipto. El único líder occidental que sacó la verdadera cara de occidente sin hipocresías ni disimulos en todo este proceso ha sido el liderato sionista a través de Netanyahu quien llamó de manera descarada a apoyar a los dictaduras del Medio Oriente. No nos confundamos: Netanyahu es la verdadera cara de Occidente en el Medio Oriente. Mientras los líderes occidentales hacen declaraciones con la hipocresía que los caracteriza, trabajan sin descanso tras bastidores para asegurar que las demandas del pueblo egipcio y tunecino queden tronchadas en reformas que no toquen la sustancia de la dominación y explotación neocolonial en la región. En el caso de Egipto, los intereses occidentales/sionistas buscan asegurar la continuación del funcionamiento del Canal de Suez, la exportación de gas y petróleo y el estrangulamiento de los palestinos en Gaza. Para asegurar su control, han dejado como Presidente de Egipto a Suleiman, un agente de la CIA que fue hasta hace unos días ex-Ministro de muerte y torturas de la dictadura de Mubarak, y a los mismos oficiales del ejército de la dictadura que trabajan para los intereses sionistas/imperialistas. El mismo Suleiman dijo apenas unos días antes de la caída de Mubarak que el pueblo egipcio no está listo para la democracia.

Los líderes occidentales le tienen terror a un proceso verdaderamente democrático donde los pueblos ejerzan libremente su derecho a la autodeterminación porque puede conducir a cambiar muchas cosas. Si queremos anticipar lo que será la lucha en Egipto y Túnez en los próximos meses, miremos la experiencia palestina. El triunfo de Hamas en unas elecciones democráticas libres es el ejemplo más cercano que tenemos de la hipocresía del discurso "pro-democrático" de los imperialistas y los sionistas. Luego de que Hamas ganara limpiamente las elecciones, los sionistas e imperialistas no reconocieron la voluntad del pueblo palestino y les hicieron una guerra genocida con la complicidad de todos los líderes occidentales que hoy salen en los medios hablando de "libertad" y de "principios democráticos" ante la caída de Mubarak. La experiencia palestina está en la memoria no solamente de los pueblos del Medio Oriente sino también de los líderes sionistas e imperialistas. De ahí que los próximos meses serán decisivos. La lucha será entre los pueblos que buscarán democratizar sus sociedades y tener elecciones verdaderamente libres y los aliados internos de los imperialistas/sionistas que buscarán tronchar el derecho de autodeterminación del pueblo egipcio buscando eliminar u obstaculizar las elecciones libres. Que no quepa dudas que tanto Suleiman como los oficiales corruptos seguirán una de dos vías para obstaculizar la democratización de la sociedad egipcia:

a) la posposición para siempre de elecciones libres

b) tronchar las elecciones decidiendo de antemano quienes son los candidatos y qué partidos podrán participar con plena libertad en el proceso electoral.

Los factores que pueden cambiar la ecuación son los siguientes:

1-El pueblo-Que la movilización popular no se detenga hasta lograr una democratización radical de la sociedad. La caída de Mubarak sería en este caso el primer paso de otros a dar en los próximos días y meses. ¿Continuará la unidad del pueblo y las movilizaciones populares sin descanso hasta lograr sus objetivos?

2-El ejército-Que en los próximos meses se intensifiquen las luchas al interior del ejército. Hasta hoy, este es el mismo ejército de la dictadura y sus oficiales han recibido millones de dólares anuales para sus operaciones.¿Habrán cambios o fracciones del ejército que influenciadas por la revolución popular tomen partido con el pueblo?

3-El efecto contagio- Si luego de la caída de Mubarak, hubieran otras revueltas populares en otros países del Medio Oriente las relaciones de fuerza en todo el Medio Oriente pueden dar un giro fundamental dando respiro y abriendo posibilidades a las movilizaciones revolucionarias en Egipto y Túnez. ¿Se contagiarán otros países en el Medio Oriente de los procesos revolucionarios en Egipto y Tunez?

4-El frente imperialista- Los imperialista y sionistas conspiran para manipular el proceso, pero existen también conflictos entre ellos. ¿Habrán contradicciones entre los propios imperialistas que puedan ser aprovechadas por los movimientos populares?

Para aquellos que vivimos al interior de los imperios, la situación plantea los siguientes retos:

1-Apoyar con todas nuestras fuerzas e incondicionalmente los movimientos democrático-populares del Medio Oriente y su voluntad de democratización radical de sus sociedades.

2-Hacer a nuestros gobiernos responsables por su colaboración con la dictadura de Mubarak y denunciar sus maniobras para destruir y tronchar el éxito y el potencial democratizador del movimiento democrático-popular. La tentación de nuestros gobiernos es posponer la democratización de la sociedad por medio de buscar una salida autoritaria o por medio de la promoción de una democracia teledirigida desde occidente con los tanques y metralletas de sus marionetas neocoloniales.

3-Denunciar las maniobras islamófobas y racistas con el uso del miedo al Islam político para crear confusión en la opinión pública internacional contra la libertad y democracia en el Medio Oriente. El Islam político en todo el Medio Oriente es hoy una fuerza democrática que sigue el ejemplo del modelo democrático de Erdogan en Turquía. Esa realidad ha sido tergiversada por los medios occidentales y los líderes sionistas/imperialistas para meter miedo en la opinión pública y justificar salidas autoritarias a las revoluciones árabes. Nuestra tarea es denunciar con todas nuestras fuerzas estas mentiras y hablar con la información correcta acerca de estos movimientos.

Por último, en los próximos meses habrán debates y discusiones acerca de la estrategia a seguir al interior de los movimientos democrático-populares en todo el Medio Oriente. Nuestro deber es apoyarlos y evitar la tentación de ponernos a tomar partido públicamente por un sector o por el otro. Dichos debates serán importantes para el futuro del movimiento democrático-popular. Pero nuestra tarea de solidaridad en el primer mundo no consiste en ponernos a dilucidar estos debates en la opinión pública. Nuestra tarea es impedir las maniobras imperialistas/sionistas, hacer a nuestros gobiernos responsables y la solidaridad incondicional con la democratización radical y el derecho a la autodeterminación de los pueblos en el Medio Oriente. Nuestro grito a nuestros gobiernos imperialistas es:

¡MANOS FUERA DEL MEDIO ORIENTE!

¡ABAJO LAS DICTADURAS SIONISTAS /IMPERIALISTAS!

¡APOYEMOS LA DEMOCRATIZACIÓN DE TODO EL MEDIO ORIENTE!

¡ABAJO LOS COLONIALISTAS SIONISTAS EN PALESTINA!

¡SI QUIEREN DEMOCRATIZAR, EMPIECEN POR DEMOCRATIZAR SUS PROPIOS PAÍSES SIN INTERFERIR EN EL TERCER MUNDO!

Fuente: http://www.decolonialtranslation.com/espanol/la-caida-de-mubarak-y-la-bancarrota-de-los-imperios-occidentales.html

sábado, 12 de febrero de 2011

El actual hombre fuerte de Egipto es un socio privilegiado de EEUU e Israel
Suleiman I, ¿el torturador?

Periodismo Humano...12/02/2011

Fue el interlocutor de la CIA en las rendiciones extraordinarias, la entrega de supuestos terroristas a terceros países para obtener confesiones a cualquier precio


“Está directamente implicado en torturas, tanto como miembro del régimen como responsable de la Inteligencia”, denuncian.

A Mahmud Habib, ciudadano egipcio-australiano de 46 años, le secuestraron en Pakistán. En estos tiempos donde no es necesario ser culpable de nada para terminar en prisión, su destino parecía marcado: según relata la periodista Lisa Hajjar, directora adjunta del diario Al Jaddaliya y profesora de Sociología de la Universidad de California-Santa Bárbara, fue colgado de un gancho y electrocutado a petición de agentes norteamericanos antes de ser transferido a miembros de la CIA. Gracias al acuerdo de rendiciones extraordinarias -así llamadas porque no se ciñen a la legalidad: suelen ser, en realidad, secuestros encubiertos- firmado en 1995 entre la Inteligencia norteamericana y su contraparte egipcia, dirigida por Omar Suleiman, Habib fue enviado a Egipto: le desnudaron, le pusieron un supositorio y un pañal y le “envolvieron como a un rollito de primavera” antes de meterle en el vuelo al país donde nació.

Habib plasmó lo que vino después en su libro, Mi historia: el cuento del terrorista que no lo era, donde explica cómo fue sometido a electroshocks, sumergido en agua hasta la nariz y golpeado repetidamente. Le rompieron los dedos y fue colgado de ganchos metálicos. En un momento dado, su torturador le dio tal bofetada que la venda que le cubría los ojos se deslizó: así pudo ver que el hombre que se ensañaba con él. Era Omar Suleiman, número dos del régimen egipcio, en persona. La frustración del jefe de espías era mayúscula, prosigue Hajjar, porque Habib no terminaba de confesar, así que ordenó a un guarda que asesinara a un preso encadenado delante del torturado: lo hizo de una patada de kárate. Pero Habib nunca confesó, sino que sostuvo en todo momento su inocencia: en abril de 2002 fue transferido a Guantanamo, donde pasó tres años antes de que una periodista descubriese y contara la historia de sus torturas. Publicada en la prensa norteamericana, la Casa Blanca le eximió de todos los cargos y le devolvió a Australia.

El relato de Habib no es el único que vincula al hombre de transición egipcia, responsable de la temible maquinaria del Muhabarat (Inteligencia), con las torturas. Lo que desde Occidente se vende como un paso adelante en la transición hacia la democracia es, para los egipcios, más de lo mismo pero sin la careta que hasta ahora portaba el rais. Omar Suleiman y Hosni Mubarak son el mismo hombre: el primero, el cerebro gris que opera desde las sombras y el segundo, la cara pública de un régimen basado en la represión y las torturas que lleva años siendo años denunciado por organizaciones como Amnistía Internacional o Human Rights Watch sin que sus aliados de EEUU o la UE alzaran sus voces.

Si el rais lleva 30 años al frente de la Presidencia, Suleiman lleva 25 vinculado con la Muhabarat, que en los países árabes equivale a la represión. Nacido en Queta en 1935, ingresó con 19 años en la Academia Militar egipcia para escapar de la pobreza. Tras combatir en dos guerras contra Israel (la Guerra de los Seis Días y Yom Kippur) a mediados de los 80 fue ascendido a vice responsable del espionaje militar; en 1993 pasó a convertirse en director de la Inteligencia egipcia, y con los años se revelaría como un maestro de espías en todo Oriente Próximo.

Su prioridad fue acabar con todo atisbo de islamismo, radical o no, y, para ello, aliarse con Estados Unidos. En 1995 firmó el acuerdo que permite extraditar a sospechosos de terrorismo secuestrados por la CIA o por las fuerzas amigas en cualquier lugar del mundo a sus países de origen para evitar, durante los interrogatorios, los límites legales de la democracia norteamericana: socios como Egipto no tienen esos reparos. En su libro El lado oscuro, Jane Mayer describe cómo comenzó la cooperación entre ambos países en el terreno de las rendiciones extraordinarias. “Cada rendición era autorizada al más alto nivel entre ambos gobiernos. El jefe de la Inteligencia, Omar Suleiman, negociaba directamente con altos oficiales [de la CIA]. [El ex embajador de EEUU en Egipto Edward] Walker describía a Suleiman como muy brillante y muy realista, añadiendo que se sabía que tenía una cara oscura por algunas de las cosas negativas que los egipcios confrontan, la tortura y eso. Pero él no es muy escrupuloso, en cualquier caso”.

“Cuando es invitado por otras naciones a ayudar en operaciones de Inteligencia, la Muhabarat de Suleiman se ha mostrado deseosa de encarcelar e interrogar a egipcios y no egipcios, y esos interrogatorios han incluido torturas”, revelaba hace unos días John Sifton, ex investigador de Human Rights Watch sobre los métodos empleados por los egipcios en materia de detenciones y autor del informe de 2007 al respecto. “[Suleiman] está directamente implicado [en torturas, tanto como miembro del régimen como responsable del Muhabarat”.

El relato de Habib no es el único que vincula al hombre de transición egipcia, responsable de la temible maquinaria del Muhabarat (Inteligencia), con las torturas. Lo que desde Occidente se vende como un paso adelante en la transición hacia la democracia es, para los egipcios, más de lo mismo pero sin la careta que hasta ahora portaba el rais. Omar Suleiman y Hosni Mubarak son el mismo hombre: el primero, el cerebro gris que opera desde las sombras y el segundo, la cara pública de un régimen basado en la represión y las torturas que lleva años siendo años denunciado por organizaciones como Amnistía Internacional o Human Rights Watch sin que sus aliados de EEUU o la UE alzaran sus voces.

Si el rais lleva 30 años al frente de la Presidencia, Suleiman lleva 25 vinculado con la Muhabarat, que en los países árabes equivale a la represión. Nacido en Queta en 1935, ingresó con 19 años en la Academia Militar egipcia para escapar de la pobreza. Tras combatir en dos guerras contra Israel (la Guerra de los Seis Días y Yom Kippur) a mediados de los 80 fue ascendido a vice responsable del espionaje militar; en 1993 pasó a convertirse en director de la Inteligencia egipcia, y con los años se revelaría como un maestro de espías en todo Oriente Próximo.

Su prioridad fue acabar con todo atisbo de islamismo, radical o no, y, para ello, aliarse con Estados Unidos. En 1995 firmó el acuerdo que permite extraditar a sospechosos de terrorismo secuestrados por la CIA o por las fuerzas amigas en cualquier lugar del mundo a sus países de origen para evitar, durante los interrogatorios, los límites legales de la democracia norteamericana: socios como Egipto no tienen esos reparos. En su libro El lado oscuro, Jane Mayer describe cómo comenzó la cooperación entre ambos países en el terreno de las rendiciones extraordinarias. “Cada rendición era autorizada al más alto nivel entre ambos gobiernos. El jefe de la Inteligencia, Omar Suleiman, negociaba directamente con altos oficiales [de la CIA]. [El ex embajador de EEUU en Egipto Edward] Walker describía a Suleiman como muy brillante y muy realista, añadiendo que se sabía que tenía una cara oscura por algunas de las cosas negativas que los egipcios confrontan, la tortura y eso. Pero él no es muy escrupuloso, en cualquier caso”.

“Cuando es invitado por otras naciones a ayudar en operaciones de Inteligencia, la Muhabarat de Suleiman se ha mostrado deseosa de encarcelar e interrogar a egipcios y no egipcios, y esos interrogatorios han incluido torturas”, revelaba hace unos días John Sifton, ex investigador de Human Rights Watch sobre los métodos empleados por los egipcios en materia de detenciones y autor del informe de 2007 al respecto. “[Suleiman] está directamente implicado [en torturas, tanto como miembro del régimen como responsable del Muhabarat”.

En su libro La teoría del uno por ciento, el periodista Ron Suskind afirmaba que Suleiman estuvo personalmente involucrado en el caso del libio Ibn al Shayj al Libi, detenido en Afganistán y entregado a Egipto para ser interrogado. “Es un hombre caritativo que sólo tortura gente a la que no conoce”, ironizaba el autor, citado por el canal ABC. “El ha sido nuestro hombre clave en Egipto por muchos años. Todo pasaba por Omar, no teníamos que hablar con nadie más. Cuando queríamos que alguien fuese torturado, lo enviábamos a Egipto para que lo torturasen”. Según Sifton, como responsable de la Inteligencia Suleiman supervisaba operaciones conjuntas que “implicaban rendiciones ilegales y torturas de docenas de detenidos”.

Los egipcios no necesitaban acudir a las publicaciones extranjeras para saber de la afición de la Muhabarat por la tortura, porque en estos 30 años de estado de excepción ha sido la norma. En Internet es posible ver vídeos que muestran los métodos empleados en las comisarías contraislamistas, sospechosos de disidencia, blogueros o simples viandantes. En uno de ellos, siempre grabados por la Policía -con la amenaza de exhibir la grabación públicamente en el caso de que se querellen contra los agentes- se puede ver a un hombre tumbado en el sueño desnudo de cintura para abajo, maniatado y con las piernas atadas y alzadas, con el trasero expuesto: un policía le introduce una vara en el ano entre desgarradores gritos de dolor. “Las violaciones de hombres y mujeres como castigo denigrante y método para extraer confesiones son rutinariamente denunciadas”, explicaba el periodista John R. Bradley en su libro Inside Egypt.

En su reciente informe “Trabájatelo hasta que confiese: Impunidad para la tortura en Egipto”, Human Rights Wacht ofrecía el pasado 31 de enero una amplia visión de los abusos y las desapariciones de presos por parte de las fuerzas egipcias. “Nunca un miembro de la Inteligencia ha sido condenado por torturas, aunque al menos tres han comparecido ante los tribunales. Un antiguo detenido, miembro de los Hermanos Musulmanes, Nasr al-Sayed Hassan Nasr, relató su detención de dos meses en 2010, cuando pasó todo el tiempo con los ojos vendados. Me pegaban con un zapato en la cara. Me pateaban los testículos hasta que caía al suelo. Una vez allí usaban descargas eléctricas para ponerme en pie y me volvían a patear los testículos. En un momento dado, me intentaron estrangular”.

La tortura es un problema endémico en Egipto y acabar con los abusos policiales es un elemento básico tras las masivas manifestaciones populares que sacuden Egipto”, decían sus autores en la presentación del informe de HRW. Efectivamente, fue el asesinato del joven egipcio Khaled Said a manos de la policía lo que sembró la protesta masiva que ha puesto en jaque al régimen. De ahí que sea difícil de digerir, para los egipcios, que el jefe de los torturadores herede el trono de Mubarak.

Sus métodos nunca asquearon a Estados Unidos, que en todo momento han destacado la estrecha colaboración con el jefe de espías y la conveniencia de que herede el puesto del rais, según los cables diplomáticos filtrados por Wikileaks. Ya en 2006 un memorando del Departamento de Estado afirmaba que “nuestra colaboración en materia de Inteligencia con Omar Suleiman es ahora probablemente el elemento más exitoso de las relaciones [entre Egipto y Estados Unidos]”. En un cable fechado en mayo de 2009 y enviado con motivo de una visita de Mubarak a EEUU, los oficiales norteamericanos afirman que “Omar Suleiman y el ministro del Interior Al Adly mantienen las bestias domésticas a raya, y Mubarak no es de los que pierde el sueño por las tácticas [a emplear]”. En otro cable enviado en febrero de 2010 en preparación de la visita del jefe del FBI Robert Mueller, la embajadora norteamericana en El Cairo escribía que “la policía egipcia y los servicios de seguridad internos continúan siendo sujetos a persistentes y creíbles denuncias de abusos a los detenidos. La brutalidad policial en Egipto contra criminales comunes es rutinaria y penetrante, resultado de la falta de formación. En los últimos cinco años, el Gobierno ha admitido que hay torturas pero afirma que son casos aislados y responsabilidad de una minoría de agentes”. “Nunca han hecho un esfuerzo serio por transformar la policía de un instrumento del poder del régimen a una institución de servicio público”.

Eso no ha impedido que, hace escasos días, la secretaria de Estado Hillary Clinton diera públicamente su apoyo a Suleiman como hombre de la transición egipcia. La represión y las torturas no son nada comparados con los beneficios que les reporta a EEUU en materia antiterrorista y también en la seguridad regional de su principal aliado, Israel. El actual vicepresidente se ha caracterizado por su persecución contra grupos islamistas egipcios pero también por sus ataques contra Irán y Siria, así como el Hizbulá libanés, considerado una extensión de Teherán. La alianza estratégica entre el grupo palestino Hamas y los ayatolás iraníes es percibida por Suleiman como un desafío en su propio terreno, de ahí que se haya mostrado partidario de “estrujar” a Hamas, como puede leerse en el siguiente cable. “Los egipcios siguen ofreciendo excusas por el problema que encaran, la necesidad de estrujar a Hamas evitando ser vistos como cómplices del asedio de Gaza. El jefe de la Inteligencia Omar Suleiman nos ha dicho que Egipto quiere ver a Gaza pasar hambre pero no morir de inanición”.

Su dedicación a la hora de aplastar a los ciudadanos de Gaza bajo las sanciones ha sido siempre aplaudida por Israel, para quien Suleiman es el favorito en la sucesión de Mubarak, como se refleja en los cables filtrados. En uno de ellos se explica cómo “en momentos de gran frustración, [el ministro de Defensa] Tantawi y Suleiman han afirmado que el IDF [el Ejército israelí] sería bienvenido si reinvade el cruce de Filadelfia si así piensan que pueden parar el contrabando [de armas para Hamas]”. “Delegamos en la Embajada de Cairo el análisis de los escenarios de la sucesión egipcia, pero no hay duda de que Israel está más cómoda con la persepectiva de Omar Suleiman”.

El actual vicepresidente, a quien Mubarak traspasó ayer sus poderes convirtiéndole de facto en el hombre más poderoso de Egipto, es el interlocutor de Israel desde 2001, de forma que los dirigentes israelíes le conocen y le aprecian tanto como su pueblo le conoce y detesta. “Mubarak y Suleiman son la misma persona con diferente nombre. El torturador Suleiman es conocido por su brutalidad”, decía un bloguero egipcio desde su cuenta de Twitter.

Fuente: http://periodismohumano.com/sociedad/sociedad-destacado/suleiman-i-%C2%BFel-torturador.html

viernes, 11 de febrero de 2011

El auténtico y aterrador rostro de la dictadura egipcia
28 horas en las oscuras entrañas de la máquina de tortura egipcia

The Guardian...11/02/2011

El repugnante y rápido chisporroteo del aparato de electrodos resonó como una serpiente de cascabel enfurecida cuando pasó a centímetros de mi cara. Luego estalló un grito de agonía, seguido de un gemido lastimero procedente de la víctima esposada y ojivendada a la que la fuerza de la descarga eléctrica proyectó hacia el suelo.

Una viciosa lluvia de puñetazos y patadas cayó sobre los cuerpos acuclillados a mi lado en medio de fuertes ruidos de golpes. Los torturadores vomitaban insultos a mi alrededor. Sólo más tarde un colega araboparlante me tradujo sus escalofriantes palabras: "En el menú de este hotel solo hay dos platos para aquellos que no se comportan como es debido: electrodos y violación".

Esposado y con los ojos vendados, igual que mis compañeros detenidos, me quedé paralizado. Las palmas de mis manos sudaban y mi corazón se desbocó. Sentí cómo los temblores sacudían mi cuerpo. ¿Sería yo el siguiente? ¿O me salvaría mi condición de extranjero, acreditada por mi pasaporte británico? Sospeché –esperé– que ocurriría lo segundo, y por suerte así fue. Pero no podía estar seguro de nada.

Yo había "desaparecido", igual que innumerables egipcios, en las entrañas de la Mujabarat, el vasto aparato de seguridad e inteligencia del presidente Hosni Mubarak, una organización dirigida hasta hace poco por su vicepresidente y ex jefe de inteligencia Omar Suleiman, el hombre a quien Mubarak ha confiado la tarea de negociar una "transición ordenada" a la democracia.

A juzgar por lo que he visto me parece que ésa es una esperanza vana.

Muchas veces me había preguntado, leyendo los relatos de presos políticos detenidos y torturados en lugares como la Argentina de la Junta militar de la década de 1970, cómo sería encontrarse completamente a merced de un carcelero y depender de él absolutamente para todo: comida, agua, baño. Nunca pensé que acabaría descubriéndolo personalmente. Sin embargo, ahí estaba yo, encerrado en una pequeña habitación en compañía de un grupo de detenidos egipcios que estaban siendo maltratados sin piedad.

Fui entregado a los servicios de seguridad después de que me detuvieran el pasado viernes en un retén policial instalado junto al centro de El Cairo. Yo había volado a Egipto en compañía de un colega británico nacido en Irak, Abdelilah Nuaimi, con el propósito de cubrir la actual crisis de Egipto para la RFE/RL, una emisora de radio estadounidense con sede en Praga.

Sabíamos de antemano que los periodistas extranjeros habían sido blanco de los servicios de seguridad en su intento de contener la revuelta contra el régimen de Mubarak, de modo que nuestro encarcelamiento no era algo único.

Sin embargo, aquello fue diferente. Mi experiencia, a pesar de ser algo muy personal, no se trató en realidad de mí o de los medios de comunicación extranjeros. Me permitió obtener un atisbo –suponiendo que tal cosa sea posible cuando se tienen los ojos vendados– del funcionamiento interno del régimen de Mubarak. Gracias a ella he aprendido todo lo que necesitaba saber sobre las razones por las que este régimen es odiado, temido y abominado por las masas egipcias de a pie.

Nos detuvieron mientras nos dirigíamos a la plaza Tahrir, escenario de las manifestaciones masivas en curso, apenas media hora después de haber salido del aeropuerto de El Cairo.

Policías uniformados y vestidos de paisano se arremolinaron alrededor de nuestro coche, nos pidieron los pasaportes y exigieron inspeccionar mi bolsa. Encontraron un teléfono satelital y uno de los hombres se montó en nuestro coche y ordenó a nuestro conductor que siguiera a un vehículo que iba delante y que nos condujo hasta una comisaría cercana.

Allí un funcionario sometió a nuestro ayudante Ahmed a un intenso interrogatorio: ¿Conocía a algún palestino? ¿Eran miembros de Hamas? Entonces nos ordenaron que volviéramos a movernos y finalmente nos condujeron a un vasto complejo sin identificación situado junto a un edificio de telecomunicaciones.

Fue entonces cuando a Ahmed le asaltó la sensación de peligro real. "Espero que no me golpeen", dijo. Tenía buenas razones para inquietarse.

Nos ordenaron salir del auto y nos vendaron los ojos antes de arrojarnos a otro vehículo en el que nos desplazaron unos cien metros. Luego nos empujaron a lo que parecía ser un patio al aire libre y allí nos esposaron. Oí el rápido chisporroteo de la serpiente de cascabel eléctrica –adiviné inmediatamente lo que era–, y a continuación los gritos de dolor de Ahmed. Un sudor frío se apoderó de mí y pensé que iba a desmayarme o a vomitar. "Me van a torturar", pensé.

Pero no lo hicieron. "Mister Robert, ¿qué le ocurre?", me preguntaron antes de pedirme con incongruente amabilidad que me sentara. Sentí entonces que iba a evitar lo peor. Pero no esperaba alcanzar un conocimiento tan íntimo de lo que eso significaba.

Tras ser interrogado y retenido en una habitación durante horas, al caer la noche me llevaron a otra habitación situada escaleras arriba y allí me dejaron junto con otros presos. Creemos que nuestros captores eran miembros de los servicios internos de seguridad.

Fue entonces cuando la violencia –y el terror– comenzaron de verdad.

Al principio no di importancia a los sordos ruidos de golpes. Pero comencé a comprender cuando, en medio de los gritos, oí cómo frotaban las barras de electrodos. Mi colega Abdelilah, que estaba retenido en la habitación contigua, me contó más tarde lo que dijeron a continuación los torturadores.

"Tened listos los electrodos. A este grupo tenemos que hacerle sufrir de verdad", dijo un guardia mientras introducían a un nuevo grupo de prisioneros.

"¿Por qué le has hecho esto a tu país?", gritó un carcelero mientras torturaba a su víctima. "Está prohibido hablar aquí, ¿entiendes?", le dijeron a otro prisionero. El prisionero no respondió. Golpe. "¿Lo has comprendido?" Silencio. Más golpes. "¿Lo entiendes?" El prisionero: "Sí, lo entiendo". El verdugo: "Te he dicho que está prohibido hablar aquí", seguido de una cascada de golpes, patadas y descargas eléctricas.

Exhaustos, los presos cayeron dormidos y comenzaron a roncar con fuerza, provocando otra ronda de ataques furiosos. "Estás cometiendo un pecado", murmuró un detenido herido con voz débil y lastimosa.

Ansioso de ver a mis compañeros, disimuladamente moví un poco la venda de mis ojos. Pude ver brevemente a tres jóvenes –dos de ellos tenían pobladas barbas que les daban aspecto de islamistas y tenían las manos esposadas a la espalda (las mías estaban esposadas por delante)– antes de que mis captores se dieran cuenta de lo que había hecho y me apretaran la venda más fuertemente.

La brutalidad continuó hasta que de pronto me ordenaron que me pusiera en pie y me empujaron a una habitación en la que me comunicaron que iba a ser trasladado al aeropuerto. Me devolvieron mis pertenencias y miré al reloj. Eran las 17:00 horas. Había estado en cautividad 28 horas.

La ordalía casi había concluido, faltaban solo otras 16 horas de espera en unas dependencias de deportación del aeropuerto. Había sido una pesadilla, pero nada comparado con lo que habían padecido mis compañeros egipcios cautivos.

Más tarde me enteré de que nuestro ayudante Ahmed había sido liberado al mismo tiempo que yo y que Abdelilah. Les contó a sus amigos que “le habían tratado muy bien", pero que tenía contusiones "por haber dormido en el suelo". Yo me había desplazado a El Cairo para averiguar qué es lo que está haciendo padecer a tantos egipcios. Nunca imaginé que iba a saber la respuesta de forma tan gráfica.

Robert Tait es corresponsal de la RFE/RL. Anteriormente fue corresponsal de The Guardian en Teherán y Estambul

jueves, 10 de febrero de 2011

Proponen a Suleimán, amigo de EE.UU. y presunto torturador, como sucesor de Mubarak
Suleimán, el hombre de la CIA en El Cairo

Al Jazeera...10/02/2011
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Suleiman se reúne con el presidente israelí Shimon Peres en Tel Aviv, noviembre de 2010 [Getty]

El 29 de enero, Omar Suleimán, jefe supremo del espionaje egipcio, fue nombrado vicepresidente por el tambaleante dictador, Hosni Mubarak. Con el nombramiento de Suleimán, como parte de una reestructuración del gabinete en un intento de apaciguar a las masas de manifestantes y mantener el control de la presidencia, Mubarak ha mostrado una vez más sus mañas y su astucia diabólica. El Gobierno de EE.UU ha preferido durante mucho tiempo a Suleimán por su ardiente anti-islamismo, su disposición a hablar y actuar con dureza en lo que respecta a Irán y porque desde hace tiempo es el principal hombre de la CIA en El Cairo.

Mubarak sabía que Suleimán contaría instantáneamente con un lobby de partidarios en Langley, entre los que tienen los ojos puestos en un ataque contra Irán en Washington y entre otros regímenes autoritarios dependientes de las policías secretas en la región. Suleimán es también uno de los favoritos de Israel: estuvo a cargo del expediente Israel y dirigió los esfuerzos de Egipto por aplastar a Hamás mediante la demolición de los túneles que han funcionado como un conducto de contrabando de armas y de alimentos hacia Gaza.

Según un cable diplomático estadounidense filtrado por WikiLeaks, titulado ‘Sucesión presidencial en Egipto’ de fecha 14 de mayo de 2007:

“Se ha mencionado frecuentemente que Suleimán, jefe de la inteligencia egipcia y consiglieri de Mubarak, será nombrado para el puesto de vicepresidente, vacante desde hace tiempo. En los últimos dos años, Suleimán ha salido de las sombras, ha permitido que se le fotografíe y que se informe sobre sus reuniones con dirigentes extranjeros. Muchos de nuestros contactos creen que Suleimán, por sus antecedentes militares, al menos tendría que estar presente en cualquier escenario de sucesión.”

Desde 1993 hasta el sábado, Suleimán fue jefe del Servicio General de Inteligencia de Egipto. Durante mucho tiempo se mantuvo a la sombra, hasta 2001, cuando comenzó a encargarse de cuestiones importantes en el ministerio de exteriores; desde entonces se ha convertido en un personaje público, como da fe el documento de WikiLeaks. En 2009, el periódico London Telegraph y la revista Foreign Policy le declararon el espía más poderoso de la región, incluso por encima del jefe del Mossad.

A mediados de los años noventa, Suleimán trabajó de cerca con el gobierno de Clinton en la planificación e implementación de su programa de entregas; en aquel entonces, las entregas significaban secuestrar a presuntos terroristas y transferirlos a un tercer país para ser juzgados. En The Dark Side, Jane Mayer describe cómo comenzó el programa de entregas:

«Cada entrega era autorizada por los más altos cargos de ambos gobiernos [EE.UU. y Egipto]… El veterano jefe de la agencia central de inteligencia, Omar Suleimán, negoció directamente con altos funcionarios [de la CIA]. [El ex embajador de EE.UU. en Egipto, Edward] Walker describió a su homólogo egipcio, Suleimán, como ‘brillante, muy realista’ y agregó conocer el lado malo que eran ‘algunas de las cosas negativas han realizado los egipcios, torturas, etc.’ pero no es escrupuloso, por cierto’. (p.113)

«Técnicamente, la legislación estadounidense exigía que la CIA obtuviera ‘garantías’ de Egipto de que los sospechosos entregados no serían torturados. Pero durante el reinado de Suleimán en el Servicio de Inteligencia egipcio, semejantes garantías no tenían prácticamente ningún valor. Como testificó posteriormente Michael Scheuer, ex agente de la CIA [jefe de la sección para al-Qaida] y uno de los creadores de las prácticas en las entregas, incluso si esas ‘garantías’ hubieran estado escritas en tinta indeleble, ‘no valdrían más que un balde de escupitajos calientes’».

Bajo el gobierno de Bush, en el contexto de «la guerra global contra el terrorismo», las entregas estadounidenses se convirtieron en «extraordinarias», lo que significaba que el objetivo de secuestros y transferencias extra-legales ya no era someter al sospechoso a un juicio, sino interrogarlos para obtener información reutilizable. El programa de entregas extraordinarios llevó a algunas personas a sitios ocultos de la CIA y otras fueron entregadas para ser torturados por la poderosa mano de otros regímenes. Egipto era uno de los destinos para torturas a elegir, y uno de los preferidos bajo el mando de Suleimán, el torturador en jefe de Egipto. Se tiene constancia de que al menos una de las entregas extraordinarias entregada por la CIA a Egipto, el ciudadano australiano nacido en Egipto Manduh Habib, fue torturado por el propio Suleimán.

Suleimán el torturador

En octubre de 2001, las fuerzas de seguridad paquistaníes sacaron a Habib de un autobús. Mientras estaba detenido en Pakistán, a instancias de agentes estadounidenses, fue colgado de un gancho mientras recibía descargas eléctricas. Luego fue entregado a la CIA, y durante su traslado a Egipto recibió el tratamiento acostumbrado: le desgarraron la ropa, se le introdujo un supositorio en el ano, le pusieron un pañal y lo «envolvieron como si fuera un rollito de primavera».

En Egipto, como cuenta Habib en su memoria: My Story: The Tale of a Terrorist Who Wasn’t [Mi historia: El relato de un terrorista que no lo era], fue repetidamente sometido a descargas eléctricas, sumergido en agua hasta el nivel de sus fosas nasales y golpeado. Le quebraron los dedos y le colgaron de unos ganchos de metal. Llegado a un punto, su interrogador lo golpeó con tal violencia que se le corrió la venda de los ojos, revelando la identidad de su torturador: Suleimán.

Frustrado porque Habib no suministraba información útil ni confesaba su participación en actividades terroristas, Suleimán ordenó a un guardia que asesinara a un prisionero encadenado frente a Habib, lo que hizo con un feroz puntapié de karate. En abril de 2002, después de cinco meses en Egipto, Habib fue entregado a los estadounidenses en la prisión Bagram en Afganistán, y luego transportado a Guantánamo. El 11 de enero de 2005, un día antes del previsto para formular la acusación, Dana Priest, del Washington Post, publicó una denuncia sobre la tortura de Habib. El gobierno de EE.UU. anunció de inmediato que no sería acusado y sería repatriado a Australia.

Un caso mucho más infame de tortura en el que Suleimán también está directamente implicado es el de Ibn al-Sheikh al-Libi. A diferencia de Habib, quien era inocente de cualquier vínculo con el terrorismo o la militancia, al-Libi trabajaba supuestamente en el campo de entrenamiento de al-Khaldan, en Afganistán. Fue capturado por los paquistaníes mientras huía a través de la frontera en noviembre de 2001. Fue enviado a Bagram e interrogado por el FBI. Sin embargo, la CIA quería hacerse cargo y lo hicieron. Fue transportado a un sitio oculto en el USS Bataan en el Mar de Arabia y después le enviaron como una entrega extraordinaria a Egipto. Allí, bajo tortura, al-Libi «confesó» conocer la conexión entre al-Qaida y Sadam, y afirmó que dos agentes de al-Qaida habían sido entrenados en Iraq en el uso de armas químicas y biológicas. A comienzos de 2003, era precisamente el tipo de información que buscaba el gobierno de Bush para justificar el ataque contra Iraq y persuadir a aliados renuentes de que participaran. Por cierto, la «confesión» de al-Libi fue una de las «pruebas» clave que presentó el entonces secretario de Estado Colin Powell ante las Naciones Unidas para que se considerara un caso de guerra.

Ha resultado que la confesión fue una mentira que extrajeron los egipcios a través de torturas. El ex director de la CIA, George Tenet, describe el caso de al-Libi en sus memorias publicadas en 2007, At The Center Of The Storm:

«En aquel entonces creíamos que al-Libi estaba reteniendo información crítica sobre amenazas, de modo que lo trasferimos a un tercer país para obtener más información. Se afirmó que lo hicimos a sabiendas de que sería torturado, pero es falso. El país en cuestión [Egipto] comprendió y estuvo de acuerdo en que retendrían a al-Libi durante un período limitado. Durante los interrogatorios bajo custodia estadounidense en Afganistán, al-Libi hizo referencias iniciales a un posible entrenamiento de al-Qaida en Iraq. Se ofreció a informar de que un militante conocido como Abu Abdullah le había dicho que al menos tres veces entre 1997 y 2000, el ahora difunto dirigente de al-Qaida, Mohammad Atef, había enviado a Abu Abdullah a Iraq para formarse en venenos y gas mostaza.

«Otro detenido veterano de al-Qaida nos dijo que Mohammad Atef estaba interesado en estrechar los lazos entre al-Qaida e Iraq, lo que, a nuestros ojos, agregaba credibilidad a esta información. Entonces, poco después del inicio de la guerra de Iraq, al-Libi desmintió su historia. Ahora, repentinamente, decía que no hubo un tal entrenamiento cooperativo. Dentro de la CIA, hubo una fuerte división sobre su desmentido. Nos llevó a revisar su información y ahí empieza el misterio.

«La historia de al-Libi indudablemente pasa por que decidió inventárselo a fin de conseguir un mejor trato y evitar castigos duros. Evidentemente mintió. Sólo que ignoramos cuándo. ¿Mintió cuando dijo primero que miembros de al-Qaida recibieron entrenamiento en Iraq? ¿O mintió cuando dijo que no lo recibieron? A mi juicio, cualquiera de las dos posibilidades podría ser verdad. Tal vez en un principio, bajo presión, supuso que sus interrogadores ya conocían la historia, y la ‘confesó’. Después que pasó el tiempo y quedó claro que no se le haría daño, puede haber cambiado su historia para confundir a sus captores. Los agentes de al-Qaida están entrenados para eso precisamente. Desmentir esta información restauraría su prestigio como alguien que había confundido con éxito al enemigo. La verdad es que no sabemos cuál es la verdadera, y ya que no lo sabemos, no podemos suponer nada. (pp. 353-354)».

Al-Libi fue enviado finalmente a Libia, aunque se dice que paró en un par de sitios en el camino, donde fue encarcelado. El uso de la declaración de al-Libi en la justificación de la guerra de Iraq lo convirtió en un inmenso lastre para EE.UU. una vez que quedó claro que la supuesta conexión entre al-Qaida y Sadam era una mentira obtenida bajo tortura. Su paradero fue, de hecho, un secreto durante años hasta que, en abril de 2009, los investigadores de Human Rights Watch que estaban investigando el tratamiento de prisioneros libios lo encontraron en el patio de una prisión. Dos semanas después, el 10 de mayo, al-Libi había muerto, y el régimen de Gadafi afirmó que se trataba de un suicidio.

Según Evan Kohlmann, el favorito de los funcionarios estadounidenses por ser «experto en al-Qaida», citando una fuente clasificada: «La muerte de al-Libi coincidió con la primera visita del jefe del espionaje egipcio, Omar Suleimán, a Trípoli».

Kohlmann conjetura y opina que, después que al-Libi se retractara de su historia sobre la conexión entre al-Qaida, Sadam y las armas de destrucción masiva, «los egipcios se sintieron avergonzados de admitirlo y el gobierno de Bush se encontró en dificultades ante el mundo. Entonces, en mayo de 2009, Omar Suleimán vio una oportunidad de ajustarle las cuentas a al-Libi y viajó a Trípoli. Para cuando el avión de Omar Suleimán partía de Trípoli, Ibn al-Sheikh al-Libi se había 'suicidado'».

Cuando el pueblo egipcio y el resto del mundo especula sobre la suerte del régimen de Mubarak, debe tener muy clara una cosa: Omar Suleimán no es el hombre que pueda llevar la democracia al país. Sus manos están demasiado sucias y cualquier «estabilidad» que pudiera llevar al país y a la región sería a un precio demasiado elevado. Por suerte, los egipcios que llenan las calles y exigen una nueva era de libertad también incluirán su salida del poder como parte de sus demandas.

Este artículo apareció primero en Jadaliyya.

Lisa Hajjar enseña sociología en la Universidad de California – Santa Bárbara y es coeditora de Jadaliyya.

Traducido del inglés para Rebelión por Germán Leyens y revisado por Elisa Viteri

Fuente: http://english.aljazeera.net/indepth/opinion/2011/02/201127114827382865.html