martes, 15 de septiembre de 2009





Washington expande usurpación militar al Perú.

Rebelión...15/09/2009


Mientras Uribe-Bush-Obama y la UNASUR negocian todavía en Quito la usurpación militar del espacio andino, Washington ya está dando el siguiente paso: la ocupación militar del Perú. En palabras del ministro de Defensa peruano, Rafael Rey: “En el Perú, la colaboración de los norteamericanos para la lucha contra el narcotráfico es muy positiva, y lamentablemente no contamos con la ayuda norteamericana para la lucha antisubversiva, que ahora se encuentra mezclada con el narcotráfico en la zona del VRAE”; el estratégico Valle de los Ríos Apurímac y Ene (VRAE).

Las palabras del funcionario, pronunciadas en una radio local, revelan el proyecto de Washington-Alan García, de expandir el Plan Colombia al corazón del Perú, cerca de la Amazonia brasileña y de la frontera con Bolivia. Rey, a cuyo juicio las bases militares de Washington en Colombia no significan “una amenaza para la región”, quiere la presencia de militares y bases estadounidenses en esa zona para una gran ofensiva de contrainsurgencia, antes de las elecciones peruanas del 2012.

Durante la guerra del Estado contra Sendero Luminoso, el VRAE se había convertido en una zona estratégica escogida por los senderistas. Sin embargo, sus represivos métodos polpotianos fueron pronto rechazados por los pequeños campesinos cocaleros que se organizaron en rondas de autodefensa. Armadas en parte por el Estado, en parte desde otras fuentes, esas rondas campesinas derrotaron a los senderistas. El gobierno adoptó el modelo y lo replicó en otras partes del país, lo que, junto con la intervención estadounidense en la contrainsurgencia y la fuerte campaña de terrorismo de Estado bajo Fujimori-Montesinos, llevó al pronto colapso del senderismo.

Con la derrota de Sendero, las organizaciones de autodefensa armada de los campesinos en el Valle de los Ríos Apurímac y Ene, quedaron latentes, pero, su status político ha cambiado desde entonces. Si ayer fueron aliados del oficialismo, hoy día son declarados enemigos del Estado (narcoterroristas), tal como dice Rey. Y, la opción que les plantea Lima es, abandonar la producción de la coca y entregar las armas que les quedan de los ochenta, o ser aniquilados al estilo del Plan Colombia.

La finalidad del proyecto García-Washington es doble: a) crear condiciones políticas-militares represivas que garanticen que el ascenso del movimiento de masas peruanas no lleve a un candidato presidencial popular al poder, sino a una figura oligárquica; b) facilitar que el expansionismo militar monroeista pueda llegar al Cono Sur.

La ejecución del proyecto comenzó en el 2008 con el llamado Plan de operaciones Excelencia 777, que militarmente tiende a la recuperación de la zona de Vizcatán y políticamente a la preparación psicológica de la sociedad peruana de que será necesario recortar ciertas libertades políticas para derrotar a los “narcoterroristas”. El reciente derribamiento de un helicóptero ruso MI-17 por los senderistas fue un importante catalizador en esta campaña.

Para la población campesina del VRAE, el dilema es diabólico. Si dejan de producir la coca, pierden su medio de subsistencia. Si se enfrentan al gobierno militarmente, se exponen a una campaña de terrorismo de Estado como la que ejecutó Washington vía Fujimori-Montesinos en su momento y que ahora se aplicaría con mejor tecnología y mayor participación del Comando Sur, tal como sucede en Colombia.

Ante este dilema, la salvación de la gente sólo puede ser política. Necesitan un gran frente nacional unido que puede llevar un candidato popular y responsable a la presidencia peruana en las elecciones del 2012. En lo inmediato, deberían buscar el apoyo de los presidentes latinoamericanos progresistas y, por supuesto, de los movimientos sociales e intelectuales críticos de la Patria Grande, para que hagan valer su influencia en las nacientes estructuras del Estado sudamericano.

La terrible amenaza de una nueva guerra sangrienta reaccionaria en el corazón del Perú nace de la agenda hemisférica del imperio y de sus oligarquías. Por eso, el diabólico plan de Washington y Lima solo puede ser parado a nivel hemisférico.




¿Otra vez Uribe? ¿Qué les pasa a los colombianos?

Rebelión...15/09/2009


El presidente de Colombia, Álvaro Uribe, va por su tercer mandato presidencial. Según los más recientes sondeos, todo indicaría que efectivamente puede llegar a ser elegido una vez más como primer mandatario. Eso, al menos, es lo que revela un sondeo de opinión recientemente realizado por la empresa Invamer Gallup, divulgado por la emisora radial Caracol en Colombia. De acuerdo a ese estudio, el porcentaje de entrevistados a favor de una nueva candidatura de Uribe pasó del 58% al 64% en el último bimestre. La encuesta, según indicó Jorge Londoño, director de Invamer Gallup, fue realizada con 1.000 personas entre el 3 y el 7 de septiembre en cuatro de las mayores ciudades del país -la capital Bogotá, Medellín, Cali y Barranquilla- con un margen de error del 3%.

Al mismo tiempo, según indica el estudio, la popularidad del presidente también subió del bimestre mayo-junio al de julio-agosto del 68% al 70%. Si bien el camino para lograr que efectivamente Uribe vuelva a ocupar el Palacio de Nariño por un nuevo período es largo y escabroso y aún hay un buen trecho que andar para conseguirlo, todo indicaría que el narcotraficante número 82 según los documentos desclasificados de Washington no está tan lejos de hacer realidad su sueño. Como algo complementario, pero no por ello menos importante, valga observar que cuando es Hugo Chávez quien busca su reelección, la derecha mundial sale a señalarlo como autócrata a perpetuidad satanizando furiosamente su figura. Con Uribe, que no hace sino lo mismo, no. Conclusión: no hay prensa objetiva, y los cantos de sirena de quienes airados piden libertad de información, son sólo eso: cantos de sirena, vacíos, inconsistentes; aunque lo peor de todo: hipócritas.

Es sabido que hay tres tipos de mentiras: las culposas, las piadosas… y las estadísticas. De todos modos, asumiendo que la referida investigación fue seria -al menos la consultora de marras goza de mucho prestigio en el ámbito de los estudios de opinión-, podrían intentarse algunas lecturas del hecho en cuestión: por un lado, poner en duda los datos (aunque la Gallup pocas veces suele equivocarse), por cuanto la muestra no sería consistente. La población urbana no es toda la población del país, y en ese sentido la investigación podría tacharse de sesgada. Aunque es sabido que, en general, esos estudios, hechos con verdadero rigor científico, no se equivocan. La otra lectura posible es buscar entender por qué tan buena parte de la población colombiana optaría por este mandatario una vez más. ¿Qué pasa con los colombianos?

Ninguna respuesta a este tipo de cuestiones puede ser simple, monocausal ni superficial. Por el contrario, se anudan ahí intrincadas sobredeterminaciones. Podríamos estar tentados de sacar conclusiones rápidas, y por ello mismo parciales: “los colombianos están despolitizados”, o “están cansados de la guerra”. O, mucho más injustamente: “son unos tontos que se dejan manipular”. Si dijéramos eso, los tontos seríamos nosotros. La situación colombiana es tremendamente compleja, imposible de simplificarse con cualquiera de esas variables reduccionistas.

Asumiendo que los datos aportados por el estudio referido son ciertos: ¿qué significan entonces? Quizá hay un entrecruzamiento de causas. Algunos años atrás, un estudio de Naciones Unidas señalaba que en su gran mayoría a la población latinoamericana no le importaba tener un gobierno autoritario, “antidemocrático” (según los patrones que manejamos de democracia, claro está: democracia formal, absolutamente antipopular y restringida, democracia sólo representativa, parlamentaria) si ello le posibilitaba resolver sus angustias económicas. Pese al estupor de los funcionarios de la organización internacional ante tamaña muestra de “incivilidad”, el dato debe permitir entender en su justa medida lo que eso significa para la gente. Mientras se aseguren las necesidades básicas, el formalismo político no cuenta. Desde el pobrerío, eternamente excluido de la toma de decisiones y sólo concentrado en su sobrevivencia, siempre dificultosa por cierto, ¿a quién le importa realmente el mandamás de turno? ¿Acaso cambia eso su situación de pobre? Aunque, lo sabemos, muchas veces es ese pobrerío al que, manipulación mediante, se lo moviliza para defender intereses que no son suyos. Dicho de otro modo: el esclavo piensa con la cabeza del amo. Y así vemos ejércitos de pobres muriendo por “su” patria, defendiendo a ultranza la propiedad privada sin tener dónde caer muerto, eligiendo y reeligiendo en las urnas o endiosando a quien fuera su victimario, su torturador, su enemigo irreconciliable. La “tontera” es una muy frágil explicación. Hay algo más, sin dudas.

Algo así de complejo debe intentarse desarrollar para entender los datos de esta reciente encuesta en Colombia. Si desde fuera de ese país algunos sectores -eso es importante destacarlo: “algunos sectores”, los más politizados y progresistas, pero no todos- ven en Uribe la encarnación de lo más reaccionario y conservador de las expresiones políticas locales y continentales, la gente de a pie no repara tanto en eso. Lo curioso -¡desesperante! podríamos decir desde otro punto de vista- es que la población no atienda tanto a esas expresiones de proyecto político y opte por lo más inmediato, lo más primario: el aseguramiento de la economía básica. O, al menos, opte por lo que a todas luces es un manejo mediático tendencioso, hipócrita, pero que le seduce. Hoy por hoy Álvaro Uribe aparece en lo interno de su país como alguien que ofrece una administración prolija, y si bien la pobreza existe, todas las baterías mediático-ideológicas apuntan a mostrarlo como el artífice de un presunto bienestar nacional.

Fenómenos similares se suceden por todas las latitudes: Silvio Berlusconi en Italia, George Bush hijo en Estados Unidos, el dictador Hugo Banzer en Bolivia o el represor Antonio Domingo Bussi en la provincia argentina de Tucumán. ¿Por qué la gente elige y reelige a probados asesinos, genocidas, dictadores, gente de ultraderecha reñidas con los principios mínimos de la democracia y que no son sino verdugos de sus pueblos? Decir que “por tontos” es demasiado simple, y fundamentalmente: injusto. También la gente, a veces, reacciona y con su movilización quita de en medio a esos impresentables, aunque no haya luego un proyecto político sostenible bien encaminado con que sustituirlos (también de eso hay innumerables ejemplos: desde el “caracazo” de Venezuela, las movilizaciones campesinas en El Alto, en Bolivia, o en Ecuador, hasta la reacción visceral de la población argentina ante el “corralito” de Fernando de la Rúa, o las volcánicas reacciones espontáneas de los inmigrantes africanos en París o de la población afrodescendiente en Los Ángeles, Estados Unidos, movida por odios anti-racistas, que motivó un alerta roja a nivel nacional).

Uribe, sin discusión, es un personaje siniestro. Los intereses que representa no tienen nada que ver con el grueso de la población, con el pobrerío, con el ciudadano de a pie. Ser el dirigente de un gendarme regional, el Israel de Medio Oriente traspasado a Latinoamérica, ser el presidente del país que abre sus puertas al imperialismo más agresivo de la historia para que instale en su suelo todas las bases militares que necesite su geopolítica de dominación continental, no es precisamente un cetro digno de un humanista, de un pacifista, de alguien que vele sinceramente por los intereses de su pueblo. Pero es evidente que a Uribe eso no parece importarle; si pasa a la historia como el mandatario latinoamericano que más hizo por la guerra regional -galardón de dudosa reputación, por cierto- hasta es probable que lo festeje.

El papel que juega Colombia (no los colombianos) en el tablero de la política hemisférica es bastante triste. O patético. Es la avanzada del colonialismo imperialista más agresivo que pueda concebirse. Ello, si bien puede enmascararse en una supuesta lucha contra el narcotráfico y el siempre impreciso “terrorismo” internacional, no es sino el proyecto estratégico de dominación de los recursos del subcontinente latinoamericano desplegado por las clases dirigentes de Estados Unidos: energéticos, agua dulce y biodiversidad de las selvas tropicales, y al mismo tiempo: control de cualquier intento de subversión política que pudiera surgir en el área. ¿Para qué, si no, tamaña maquinaria militar?

El desmedido armamentismo de Colombia (con el presupuesto militar más alto de toda la región, más alto incluso, porcentualmente, que el del propio Estados Unidos) no es una buena noticia para los latinoamericanos. Una potencia regional armada hasta los dientes, como Israel en el Medio Oriente, es una bomba de tiempo. Por lo pronto -la experiencia de aquella zona nos lo deja ver de modo trágico- ese desbalance de fuerzas lleva imperiosamente al rearme regional. Y de allí, al uso de todo ese potencial bélico. ¿Para qué otra cosa que para usarlas se podrían comprar las armas si no?

En Latinoamérica hemos entrado en un rápido proceso de militarización, desconocido hasta ahora en toda la historia de ya dos siglos de vida independiente de las naciones liberadas de los imperios español o portugués. Con el hipercrecimiento de las fuerzas armadas colombianas, comparativamente las más grandes de toda la región, viene la respuesta de Venezuela y de Brasil. No hay aún armamento nuclear en juego, pero ¿cuánto tiempo podrá pasar para que lo haya? La revolución bolivariana está comprando armas a granel a Rusia, mientras que Brasil se está super armando con apoyo de Francia, para pasar a ser la principal potencia militar regional. ¿Será eso lo que, en definitiva, busca la geoestrategia de mediano plazo de Washington? ¿Divide y reinarás? ¿A quién puede convenir un enfrentamiento armado regional? ¿Y qué papel jugaría toda esa parafernalia bélica de Estados Unidos en un presunto conflicto de esas características?

Si bien hoy no suenan aún tambores de guerra, en cualquier momento eso podría comenzar a ocurrir. Las nuevas bases estadounidenses en territorio colombiano no son simples puestos policiales para controlar el tráfico; están ahí, con capacidad de intervenir en forma inmediata en toda la zona latinoamericana desde el Caribe hasta Tierra del Fuego con material de la más refinada teconología, no por altruismo precisamente. Y es el presidente Uribe el principal artífice de que ello sea posible. La Casa Blanca no sólo no ha dicho una palabra ante la posibilidad de su nueva reelección como presidente, como sí lo ha hecho, o como ha impulsado a reaccionar a todos los operadores del caso, ante la reelección de Hugo Chávez, sino que, por el contrario, lo ve con buenos ojos. Obviamente, necesita gobernantes genuflexos fieles al libreto que imponen los sectores dominantes del imperio, que no son otros que el complejo militar-industrial.

Ante este nuevo escenario de rearme urge levantar voces que condenen la militarización. El reciente encuentro de presidentes de UNASUR en Bariloche, Argentina, de donde se esperaba que pudiera salir una condena en ese sentido, finalmente fue aguado. Más allá de pomposidades de la declaración, nada se hace en concreto para impedir el avance de las instalaciones militares estadounidenses en el medio de nuestros países. Como se preguntaba Peter Marchetti: “¿qué diría Washington si, por ejemplo, Alemania o China quisieran instalar una base militar en suelo estadounidense?” En ese sentido: ¿por qué nosotros tenemos que aceptar esa provocación del imperio en nuestras narices? ¿Por qué tolerar esa agresión descarada de las siete bases en Colombia? Rafael Correa, respetándose a sí mismo y tomando en serio el mandato que le dio su pueblo eligiéndolo como presidente de su país, Ecuador, mandó quitar la base militar norteamericana de Manta. ¿Por qué Uribe no hace lo mismo con las instalaciones de su país? La pregunta es tonta: Uribe es un operador de la estrategia de dominación imperial de Washington, disfrazado de latinoamericano.

Ahora bien: ¿por qué mayoritariamente la población de su país no lo ve así? ¿No nos estaremos equivocando nosotros en nuestro análisis entonces? No, sin dudas que no: el presidente Uribe, más allá del montaje mediático fabuloso que le puede permitir hoy no bajar su popularidad, no trabaja para los colombianos. Dudar de eso es dejar espacio al imperio para que siga avanzando sobre Latinoamérica. ¿Qué hacer entonces?

Recientemente ciudadanos colombianos (oficialmente, sin ningún apoyo de la potencia del Norte) llamaron por medio de internet a una movilización mundial contra Chávez. Movilización, por cierto, que fracasó, pues no movilizó casi a nadie. Simétricamente ¿podemos llamar entonces a una movilización contra Uribe? ¡“No más Uribe”! podríamos titularla.

Viendo que este tipo de movilizaciones tienen algo de artificial, que no son apropiadas realmente por los pueblos y no hacen parte en verdad de un plan de lucha popular sino que, en todo caso, son eslabones de las estrategias imperiales para desacreditar y frenar las movilizaciones de base, debemos pensar otras vías. ¿Servirá una carta pública firmada por miles y miles de ciudadanos del mundo, desde personalidades internacionalmente reconocidas a ciudadanos comunes, dirigida al mismo presidente Uribe y a otros personajes claves: al Secretario General de Naciones Unidas, presidentes de otras potencias, al Papa, al Dalai Lama, pidiendo su no reelección en las próximas votaciones por ser la cara visible de esta militarización que comienza a vivirse en Latinoamérica? ¿Podrá ello ayudar para crear un clima antibélico? ¿Podrá ello contribuir con un humilde granito de arena para crear conciencia antiimperialista y pacifista entre colombianos y no colombianos? ¿Podrá ello ir más allá de la reunión de UNASUR y su tibia declaración?

Si una tal carta sirviera para todo ello, pues dediquémonos a eso entonces. Quede esta breve nota como propuesta concreta ante todos las/los lectores de este medio. Aprovechemos el internet y estas páginas no contaminadas con el discurso de los poderes fácticos como plataformas realmente alternativas. ¿Quién escribe la carta?

lunes, 14 de septiembre de 2009

Medios, manipulación y golpes de estado
Honduras, lo que no se transmite.14/09/2009.



Entrevista al sociólogo y connotado intelectual estadounidense James Petras
"Venezuela debe buscar apoyo extra continental para hacer un balance y equilibrar el peso que tiene EE.UU. en Colombia"

Correo del Orinoco...14/09/2009

El connotado intelectual estadounidense concedió una entrevista exclusiva para el Correo del Orinoco en la que se refirió a las bases en Colombia y a temas cruciales para la actual etapa del proceso revolucionario venezolano


-¿Cuál es su posición con respecto al acuerdo de seguridad entre EE.UU. y Colombia que permite a tropas estadounidenses el uso de instalaciones militares de ese país?

James Petras: La instalación de bases en Colombia es una amenaza múltiple. El aumento de fuerzas represivas dentro de Colombia hacia los grupos de oposición y grupos subversivos, recrudece el conflicto y perjudica a países vecinos como Ecuador y Venezuela.

Con esas bases las fuerzas armadas de EE.UU. tienen acceso rápido para un ataque relámpago a cualquier país de la región.

Por otra parte, desde allí se alientan las posibilidades de subvertir las fuerzas armadas venezolanas y crear desestabilización.

Esas bases también constituyen una amenaza para Brasil, particularmente ahora que hizo ese gran descubrimiento de petróleo en su territorio y por la biodiversidad, el agua y los recursos de la Amazonía, pero en general son una amenaza para todo el Cono Sur.

-¿Esa es la “nueva” política de Obama, la militarización del continente?

JP: Esa política es una extensión de la colonización. Obama piensa que el imperio sólo puede avanzar a través de la militarización porque ha perdido terreno en lo económico.

Por ejemplo, Chile tiene más comercio ahora con otras regiones del mundo que con Norteamérica.

La influencia económica estadounidense está en declive y necesita compensarlo con poder militar.

Por eso Chávez hace lo correcto al diversificar la economía y los mercados.

-¿Cómo evalúa el resultado de la reciente Cumbre Extraordinaria de Unasur en Bariloche? Algunos analistas opinaron que el Declaración Final albergaba alguna ambigüedad sobre la posición asumida en torno a las bases militares en Colombia.¿Qué opina usted?

JP: El problema de Unasur es que hay algunas divergencias en los gobiernos. Chile y Argentina por ejemplo, quieren mantener buenas relaciones con EE.UU. a cualquier costo, pero al mismo tiempo hay fuertes presiones dentro y fuera de esos países para que condenen las bases. Por eso eldocumento final no hace referencia directa a EE.UU. Allí radica su ambivalencia, pero sabemos que no hay otro país que esté instalando bases en América Latina.

Los pueblos rechazan la militarización . El golpe contra Honduras este año y el intento contra Evo en septiembre del año pasado son ejemplos de lo que puede pasar, lo que se puede gestar desde esas bases.

El presidente Lula ha pedido un documento firmado en el que EE.UU. señale que sólo va a intervenir en Colombia. Pero sabemos que aunque se firme un documento no va a garantizar nada.

Una vez dentro de un país, EE.UU. asume la soberanía sobre cómo aplicar su propia política. Donde EE.UU. tiene bases, prácticamente hace todo lo que le da la gana porque tiene inmunidad.

En Japón, militares estadounidenses han violado niñas y la justicia japonesa no puede hacer nada. Luego la justicia estadounidense siempre demora estos juicios y minimiza las condenas y las penas.

Después que el lobo está dentro de la granja no tiene control sobre cuántas ovejas se va a comer.

-¿Qué podemos hacer como país ante esta amenaza?

JP: Venezuela debe buscar apoyo extra continental, acuerdos de seguridad con los países que se pueda en Europa , en Asia, para hacer un balance y equilibrar el peso que tiene EE.UU. en Colombia.

Es positivo el reciente acuerdo militar entre Brasil y Francia, por ejemplo.

Venezuela debe aumentar su capacidad militar pero lo más importante es diversificar el mercado para la venta de petróleo. Es necesario dejar de depender tanto del mercado estadounidense porque en cualquier momento de crisis, Estados Unidos puede cortar la compra de petróleo y eso afectaría mucho a la economía venezolana.

Hay urgencia de ser más autosuficientes. Es positivo la firma de acuerdos con otros países para que Venezuela pueda tener sus propias armas. Lula consiguió con los franceses, transferencia de tecnología en la fabricación de aviones de guerra.

Venezuela debe comprar más armas, pero más allá de eso, debe buscar recibir tecnología para elaborar sus propias armas porque si EE.UU. organiza un bloqueo o un embargo, puede sustituir con producción nacional lo que importa.

-¿Considera usted inevitable confrontación bélica de Venezuela con Colombia y con EE.UU?

JP: Hay que revisar la historia contemporánea. Hay penetraciones de la frontera venezolana por grupos paramilitares. Ya sucedió el ataque a Ecuador. Hay seguimiento de personas por agentes del DAS. Si se pone esto en un contexto, se ven las agresiones contra Venezuela por parte de un país que tiene ya esas bases.

Hay que prepararse para este peligro. Hay que hacerles ver a los “Halcones” del Pentágono, que tendrá un alto costo para ellos atacar a Venezuela. Ellos miden el impacto. ¿Cuántos soldados nos cuesta? ¿Cuánto dinero? Porque tiene mucho impacto en la opinión pública estadounidense las bajas de soldados. Por eso no invaden Cuba, porque calculan unos cien mil soldados muertos y heridos, un costo muy elevado para ellos. Un cálculo como ese tiene que hacer en Venezuela. Cuando invadieron Grenada, Panamá y República Dominicana, se dieron cuenta de que tendrían pocas bajas y poca resistencia, por eso lo hicieron. No es el caso de Cuba. Esa es la forma de impedir el conflicto.

T / Modaira Rubio




Relaciones entre militares golpistas hondureños y ejército estadounidense
El Ejército de EEUU no reconoce autoridad de Obama.

Andrés Sal.lari...14/09/2009



Las relaciones entre los militares golpistas hondureños y el Ejército de Estados Unidos tienen larga data.

Romeo Vázquez, el general que dirigió el golpe de Estado contra Manuel Zelaya, estudio en la Escuela de las Américas, y hasta el propio Jefe del Comando Sur del Ejército estadounidense, Douglas Fraser, admitió que la primera escala del derrocado Presidente fue la base de Soto Cano (Palmerola), que Estados Unidos administra en territorio hondureño desde que ese país se transformó en la principal plataforma contrarrevolucionaria centroamericana en la década del ’80 del siglo pasado.

El embajador de Estados Unidos en Honduras es heredado del gobierno de George W. Bush y un connotado cubano anticastrista, Hugo Llorens, quien tardó 48 horas en protestar ante los dichos del primer canciller golpista, Enrique Ortez, quien afirmó que Barack Obama era un “negrito que no conocía donde quedaba Tegucigalpa”.

Deducir que estos sectores estadounidenses apoyaron el golpe de Estado contra el aliado de Hugo Chávez en Honduras, es prácticamente un ejercicio matemático.

Pero la postura oficial de la administración de Obama en Washington es contraria a la descripta anteriormente. Tanto el mandatario estadounidense como el departamento de Estado liderado por Hillary Clinton condenaron el golpe, implementaron medidas contra los usurpadores y negaron reconocimiento al proceso electoral que organiza la dictadura.

Puede pensarse que estas son medidas insuficientes y que hay otras ayudas que no se recortaron, podemos analizar que las sanciones impuestas por Washington son una pantalla para distraer a la gran prensa y a la opinión pública, y que por debajo de la mesa sigue la colaboración.

Pero pese a que estas posibilidades son ciertas y es muy probable que se acerquen a la verdad, hay otra línea de análisis que también puede resultar cierta y cercana a la verdad.

La postura oficial y pública del gobierno de Obama es la no aceptación del gobierno de Romeo Vázquez y Micheletti.

Esto implica que en ningún plano oficial en las relaciones entre gobierno y gobierno puede aceptarse el reconocimiento de las autoridades golpistas.

Pues bien, eso no es lo que ocurre con el Ejército de los Estados Unidos. Ya vimos que la relación entre los militares de ambos países son muy estrechas, y todo parece indicar que los uniformados de las fuerzas armadas más poderosas del mundo no están dispuestos a suspender sus relaciones con sus amigos hondureños, pase lo que pase y cualesquiera sean los lineamientos provenientes del poder civil en Washington.

La información que Ud. leerá a continuación parece una confirmación de que algunos militares de EEUU no están dispuestos a obedecer a un negrito civil liberal y socialista (así piensan sobre Obama los neoconservadores de Washington) que de ninguna manera puede comprender las necesidades de la vida militar, entre las que por supuesto está –siempre que se pueda- desalojar por la fuerza y mediante un golpe de Estado a un presidente que lleva a su país hacia un destino ateo y comunista.

El miércoles pasado la agencia alemana DPA informó que en la lista de países participantes de los ejercicios Panamax que Estados Unidos organiza en el país propietario del Canal, Honduras era uno de los invitados.

El jueves, la mayoría de los diarios de circulación nacional en México dieron la noticia de que pese al golpe de Estado, el Comando Sur de EEUU había invitado a sus militares a los ejercicios. Horas más tarde, la agencia cubana Prensa Latina informaba (basada en medios hondureños) que el país centroamericano no participaría en los ejercicios Panamax.

Al día siguiente, en una declaración política, el Comando Sur informó que Honduras no participaría.

"Puede haber confusión según algunos comentarios, pero Honduras no va a participar en Panamax 2009", dijo el brigadier general estadounidense Gerald W. Ketchum.

"Hace unas semanas recibimos una carta de parte de Honduras donde notificaban que no iban a participar. Nosotros entendemos que se debe a la situación actual" tras el golpe de Estado del 28 de junio, agregó Ketchum en la ceremonia de presentación de los ejercicios militares.

Aunque el militar del Comando Sur descarta la participación de los golpistas, realiza una revelación: los uniformados hondureños no irán porque decidieron no hacerlo, no porque no hayan sido invitados por los estadounidenses.

O sea que la invitación se mantuvo, lo que indica la contravención directa a la línea política trazada desde Washington.

Pero hay otro elemento que pone las cosas más difíciles para todos.

El embajador de Honduras en Panamá, Juan Alfaro (fiel a Zelaya), denuncia el mismo viernes que "hay una delegación (militar hondureña). Ellos están participando en estos ejercicios. Lo que a mí me extraña es que la ayuda militar fue cortada desde el inicio del golpe y esto demuestra que el Pentágono actúa por un lado y por otro lado Obama".

Podemos decir que el embajador de Zelaya sostiene lo mismo que el título de esta nota.

Para agregar un poco más de leña al fuego, la Agencia Francesa de Prensa reproduce horas después una declaración de un oficial panameño, quien reveló que las fuerzas hondureñas estaban invitadas a las maniobras, pero no participaron por "razones mecánicas" de sus buques.

"Sí estaban invitados (pero) en el día de ayer (jueves) recibimos una llamada que por razones mecánicas de las mismas embarcaciones no iban a participar", dijo el subcomisionado Osvaldo Ureña, del Servicio Aeronaval de Panamá, uno de los portavoces de Panamax 2009.

En definitiva, los hechos que se evidencian luego de analizar estas informaciones representan un escenario complejo dentro de las estructuras de poder en Washington.

Interesante resulta preguntarse quién manda realmente en la capital del imperio.

Sería pertinente una aclaración, no vaya a ser que debamos pensar que eso no es una democracia sino algo más parecido a una dictadura militar.

domingo, 13 de septiembre de 2009






Poder, ilusión y el último tabú de EEUU.

Dissident Voice...13/09/2009


Hace dos años, en la celebración de Socialismo 2.007, en Chicago, hablé acerca de un “gobierno invisible”, un término empleado por Edward Bernays, uno de los fundadores de la propaganda moderna. Fue Bernays el que, en la década de 1.920, inventó la expresión “relaciones públicas”, como un eufemismo para referirse a la propaganda. Desarrollando las ideas de su tío, Sigmund Freud, Bernays, contratado por la industria tabaquera, hizo campaña para que las mujeres americanas asumieran fumar como un acto de liberación feminista, llamó a los cigarros “antorchas de libertad.”

El gobierno invisible que Bernays tenía en mente aunaba el poder de todos los medios - las relaciones públicas, la prensa, la radiodifusión, la televisión y la publicidad. Era el poder de la forma: de la construcción de una imagen de marca, sobre la sustancia y la verdad – y quiero hablar hoy sobre el logro más reciente de este gobierno invisible: el ascenso de Barack Obama y el silenciamiento de la izquierda.

Primero, me gustaría volver atrás unos 40 años, a un bochornoso día en Vietnam.

Yo era un joven corresponsal de guerra que acababa de llegar a un pequeño pueblo llamado Tuylon. Mi misión era escribir acerca de una compañía de marines de EEUU, que habían sido enviados a este pueblo a ganarse los corazones y las mentes.

“Mis órdenes”, dijo el sargento de Marines, “son vender el Modo Americano de la Libertad, tal como se establece en el Manual de Pacificación. Este manual está diseñado para ganarse las mentes y los corazones de la gente, tal como se dice en la página 86.” La página 86 estaba encabezada por la expresión WHAM (ganarse las mentes y los corazones, por sus siglas en inglés). La unidad de Marines era una Compañía de Acción Combinada que, explicó el sargento, “quiere decir que atacamos a estos tipos los lunes y nos ganamos sus mentes y sus corazones los martes”. Estaba bromeando, pero no del todo.

El sargento, que no hablaba vietnamita, había llegado al pueblo, se había puesto de pie en un jeep y había dicho con la ayuda de un megáfono: “¡Venid todo el mundo, tenemos arroz y caramelos y cepillos de dientes para daros…!”

Sólo hubo silencio.

“Escuchad amarillos, ¡o salís o entraremos y os sacaremos nosotros!”

La gente de Tuylon finalmente salió, y formó una fila para recibir paquetes de arroz Uncle’s Ben Miracle, chocolatinas Hershey, globos de fiesta y varios cientos de cepillos de dientes. Tres urinarios portátiles amarillos, que funcionaban con baterías, fueron reservados hasta la llegada del coronel.

Y cuando esa tarde llegó el coronel, mandaron llamar al jefe del distrito, y los urinarios amarillos portátiles fueron enseñados. El coronel se aclaró la garganta y pronunció un discurso garabateado en un papel.

“Señor jefe de distrito y toda esta buena gente,” dijo, “lo que estos presentes representan es más que la suma de sus partes. Ellos llevan consigo el espíritu de América. Damas y caballeros, no hay lugar en el mundo como América. Es la tierra donde ocurren los milagros. Es una guía luminosa para mí, y para vosotros. En América nos sentimos realmente afortunados de tener la más grande de las democracias que el mundo ha conocido, y queremos que vuestra buena gente comparta nuestra buena suerte.

Thomas Jefferson, George Washington, incluso “la ciudad sobre una colina” de John Winthrop fueron mencionados. Lo que único que faltaba era el himno Star Spangled Banner sonando de fondo.

Por supuesto, los habitantes de pueblo no tenían ni idea de lo que el coronel estaba hablando. Cuando los marines aplaudían, ellos aplaudían. Cuando el coronel saludaba, los niños saludaban. Cuando se marchaban, el coronel estrechó la mano del sargento y le dijo: “Tiene usted un montón de mentes y de corazones aquí. ¡Siga así, sargento!”

“¡Sí, señor!”.

En Vietnam fui testigo de muchos espectáculos como éste. Yo había crecido en la lejana Australia, con una dieta continuada de películas de John Wayne, Randolph Scott, Walt Disney, los Tres Compadres y Ronald Reagan. El Estilo Americano de la Libertad que ellos retrataban podía haberse extraído del manual WHAM.

Aprendí que los EEUU habían ganado la II Guerra Mundial ellos solos, y que ahora lideraban “el mundo libre” como la “sociedad” elegida. Sólo mucho después, cuando leí Opinión Pública, de Walter Lippmann, comprendí algo del poder de las emociones atrapadas en las falsas ideas y la mala historia.

Los historiadores lo llaman “excepcionalismo” – la noción de que los EEUU tienen el derecho divino de llevar lo que ellos llaman la libertad al resto de la humanidad. Por supuesto, esto es un viejo estribillo; los franceses y los británicos crearon y celebraron sus “misiones civilizadoras” mientras que imponían regímenes coloniales que negaban libertades civiles básicas.

De todos modos, el poder del mensaje de EEUU es diferente. Mientras que los europeos eran orgullosos imperialistas, los estadounidenses han sido entrenados para negar su imperialismo. Cuando México era conquistado y los marines eran enviados para controlar Guatemala, los libros de texto se referían a ello como una “edad de la inocencia.” Los motivos de EEUU eran bien intencionados, morales, excepcionales, como el coronel decía en su discurso. No había ideología, decían; y esta es todavía la sabiduría heredada. De hecho, el Americanismo es una ideología que es única porque su elemento principal es la negación de que se trata de una ideología. Es a la vez conservadora y liberal, de derechas y de izquierdas. Y todo lo demás es herejía.

Barack Obama es la personificación de este “ismo”. Desde que Obama fue elegido, los líderes liberales han estado hablando del retorno de EEUU a su verdadero status como “nación de nobles ideales” - las palabras de Paul Krugman en el New York Times. En el San Francisco Chronicle, el columnista Mark Morford escribió que, “las personas con moral elevada consideran a Obama como un ‘portador de la luz’… que puede ayudar a marcar el comienzo de una nueva existencia en el planeta.”

Dile eso a un niño afgano, cuya familia haya volado por los aires por las bombas de Obama, o a un niño pakistaní cuya familia esté entre los 700 civiles asesinados por los aviones no tripulados de Obama. O díselo a un niño en la masacre de Gaza causada por las bombas inteligentes de EEUU, las cuales, según desveló Seymour Hersh, se reanudó su suministro a Israel para que las usaran en la matanza “sólo después de el equipo de Obama dejara saber que no habría ninguna objeción.” El hombre que guardó silencio en Gaza es el mismo que ahora condena a Irán.

El de Obama es el mito que constituye el último tabú de EEUU. Su tema principal nunca cambia; se trata del poder. Los EEUU, declaró, “lideran al mundo en su combate contra los males inminentes y promueven el bien definitivo…debemos liderarlo con la construcción de un ejército del siglo XXI para reforzar la seguridad de nuestro pueblo y promover la seguridad de todos los pueblos.” Y aquí tenemos esta significativa declaración:”En momentos de gran peligro en el siglo pasado, nuestro líderes se aseguraron que EEUU, por medio de los hechos y siendo un ejemplo a seguir, liderara e impulsara al mundo; que resistiéramos y lucháramos por la libertad buscada por miles de millones de personas más allá de sus fronteras.” En los Archivos Nacionales del 21 de Mayo, podemos encontrar la siguiente declaración:”Desde Europa al Pacífico, nosotros hemos sido la nación que ha derribado las cámaras de tortura y que ha reemplazado la tiranía por el imperio de la ley.”

Desde 1945, “por medio de los hechos y siendo un ejemplo a seguir”, los EEUU han derrocado cincuenta gobiernos, incluyendo democracias, y han aplastado alrededor de treinta movimientos de liberación, apoyando tiranías y estableciendo cámaras de tortura desde Egipto a Guatemala. Un número incalculable de hombres, mujeres y niños han muerto en los bombardeos. Los bombardeos son una receta que siempre funciona. Y ahora, aquí tenemos al cuadragésimo cuarto presidente de los EEUU, que ha llenado su gobierno de militaristas, defraudadores de las grandes corporaciones y directivos de empresas contaminantes de las eras de Bush y Clinton, burlándose de nosotros mientras que promete más de lo mismo.

Y tenemos al Congreso, controlado por los Demócratas de Obama, votando a favor de un presupuesto de 16.000 millones para tres guerras y un próximo presupuesto militar presidencial que, en 2009, excederá del total acumulado desde la II Guerra Mundial, incluyendo los picos de gasto en las guerras de Corea y Vietnam. Y tenemos un movimiento pacifista que, si no todo en gran parte, está preparado para ver el lado positivo y creer o esperar que Obama restaurará, como Paul Krugman escribió en el New York Times, “la nación de nobles ideales.”

No hace mucho tiempo, visité el Museo Americano de Historia, en el famoso Instituto Smithsoniano de Washington. Una de las exposiciones más populares se llamaba El Precio de la Libertad: EEUU en Guerra. Estábamos en vacaciones y colas de gente feliz, incluyendo muchos niños, se movían en lo que parecía una cueva de Santa Claus de guerras y conquistas, donde los mensajes sobre “la gran misión” de su país aparecían iluminados. Estos incluían, cito textualmente, “los estadounidenses excepcionales que salvaron un millón de vidas” en Vietnam donde estaban “decididos a parar la expansión del comunismo”. En Irak, otros valientes estadounidenses “emplearon ataques aéreos de una precisión sin precedentes.”

Lo que impactaba no era tanto el revisionismo de dos de los épicos crímenes de la era moderna, sino la extrema rutinaria escala de aquello que se omitía.

Como todos los presidentes de EEUU, Bush y Obama tienen mucho en común. Las guerras de ambos presidentes, y las guerras de Clinton y Reagan, Carter y Ford, Nixon y Kennedy, están justificadas por el perdurable mito de la excepcionalidad de EEUU – un mito que el Harold Pinter tardío describió como “un brillante, ingenioso, muy exitoso acto de hipnosis.”

El joven inteligente que acaba de llegar a la Casa Blanca es un hipnotizador muy hábil, en parte porque resulta extraordinario ver a un afroamericano en la cumbre del poder en la tierra de la esclavitud. Sin embargo, estamos en el siglo XXI, y la raza – junto al género e, incluso, la clase social – son herramientas de propaganda muy seductoras. Para lo importante, por encima de la raza y el género, está la clase a la que uno sirve.

El círculo íntimo de George Bush – desde el Departamento de Estado hasta la Corte Suprema – era quizás el más multirracial de la historia presidencial. Era políticamente correcto por excelencia. Pensad en Condoleezza Rice y Colin Powell. Era también el más reaccionario.

Para muchos, la mera presencia de Obama en la Casa Blanca reafirma los ideales de la nación. Es un sueño forjado por la publicidad. Como Calvin Klein o Benetton, él es una marca que promete algo especial – algo excitante, casi arriesgado, como si pudiera ser un radical, como si pudiera representar el cambio. Él hace que la gente se sienta bien. Se trata de un hombre postmoderno, sin bagaje político.

En su libro, Los sueños de mi padre, Obama se refiere al trabajo que tuvo después de graduarse en la Universidad de Columbia, en 1983. Obama describe a su empresa como “una consultora para corporaciones multinacionales”. Por alguna razón, no dice cuál era la empresa ni a qué se dedicaba él allí. La empresa era Business International Corporation, que tiene una larga historia proporcionando tapaderas para acciones encubiertas de la CIA, e infiltrándose en los sindicatos y en los grupos de izquierda. Sé esto porque era bastante activa en mi propio país, Australia.

Obama no dice que hacía en Business International; y no debería ser nada siniestro, pero parece que merece ser investigado y debatido, seguramente, como una pista para saber qué tipo de hombre es.

Durante su breve período en el Senado, Obama votó a favor de continuar las guerras de Irak y Afganistán. Votó a favor de la Ley Patriótica. Rehusó apoyar un proyecto de ley que promovía un seguro médico de cobertura universal. Apoyó la pena de muerte. Como candidato presidencial, recibió más apoyo financiero de las grandes corporaciones que John McCain. Prometió cerrar Guantánamo como una prioridad, y no lo ha hecho. En lugar de eso, ha exculpado a los que perpetraron las torturas, ha reinstaurado las famosas comisiones militares, mantenido el Gulag de Bush intacto y se ha opuesto al habeas corpus.

Daniel Ellsberg estaba en lo cierto cuando dijo que, bajo el mandato de Bush, un golpe militar había tenido lugar en EEUU, dando al Pentágono poderes sin precedentes. Estos poderes se han visto reforzados por la presencia de Robert Gates, un compinche de la familia Bush y Secretario de Defensa de George W. Bush, y la de todos los funcionarios y generales en el Pentágono durante la era Bush que han mantenido su cargo con Obama.

En Colombia, Obama está planeando gastar 46 millones de dólares en una nueva base militar que apoyará a un régimen respaldado por escuadrones de la muerte, yendo más lejos en la trágica historia de la intervención militar de Washington en América Latina.

En un pseudo evento en Praga, Obama prometió un mundo sin armas nucleares a una audiencia global, la mayoría ignorante de que EEUU está construyendo nuevas armas nucleares tácticas diseñadas para difuminar la diferencia entre guerra nuclear y convencional. Como George Bush, usó el absurdo de una Europa amenazada por Irán para justificar la construcción de un sistema de misiles que apuntan a Rusia y China.

En otro pseudo evento en la Academia Naval de Anápolis, lleno de banderas y uniformes, Obama mintió sobre la vuelta de las tropas a casa. El jefe del estado mayor del ejército, el General George Casey, afirma que EEUU permanecerá en Irak hasta una década; otros generales dicen que quince años. Unidades de combate se reasignan como de entrenamiento; mercenarios ocuparán su puesto. Así fue como la guerra de Vietnam perduró pasada la “retirada” estadounidense.

Chris Hedges, autor de Imperio de ilusiones lo expresa bien. “El Presidente Obama,” escribió, “hace una cosa y la Marca Obama te hace creer otra. Esta es la esencia de la publicidad que funciona. Compras o haces lo que el anunciante quiere por como te hacen sentir.” Y de esta manera se te mantiene en “un perpetuo estado de infantilismo.” Hedges lo llama “política basura.”

La tragedia es que la Marca Obama parece haber mutilado o absorbido el movimiento antiguerra, el movimiento por la paz. De los 256 Demócratas en el Congreso, treinta están dispuestos a enfrentarse al partido de la guerra de Obama y Nancy Pelosi. El 16 de junio, los Demócratas votaron a favor de conceder 106.000 millones de dólares para seguir sus guerras.

En Washington, el grupo político promotor del “Fuera de Irak” está inactivo. A sus miembros ni se les ocurre algún tipo de explicación de por qué permanecen en silencio. El 21 de marzo una manifestación frente al Pentágono del en su día poderoso “Unidos por la Paz y la Justicia” (UPJ) atrajo solo a unos pocos miles. La presidenta saliente del UPJ, Leslie Cagan, dice que su gente no acude porque, “es suficiente para muchos de ellos que Obama tenga un plan para terminar la guerra y que las cosas se estén moviendo en la dirección adecuada.” ¿Y dónde se encuentra el poderoso MoveOn estos días? ¿Dónde está su campaña en contra de las guerras de Irak y Afganistán? ¿Y qué se discutió cuando, en febrero, el director ejecutivo de MoveOn, Jason Ruben, se reunió con el Presidente Obama?

Sí, mucha buena gente se movilizó por Obama. ¿Pero qué le exigieron – aparte del amorfo “cambio”? Eso no es activismo.

El activismo no se rinde. El activismo no se basa en políticas personalistas. El activismo no espera que le digan lo que tiene que hacer. El activismo no depende del opiáceo de la esperanza. Woody Allen dijo una vez, “me sentí mucho mejor cuando abandoné la esperanza.” El activismo real tiene poco tiempo para las políticas personalistas, una distracción que confunde y absorbe buena gente en todas partes.

Escribo para el periódico italiano Il Manifesto, o más bien solía escribir para él. En febrero, le envíe al editor de asuntos extranjeros un artículo que suscitaba cuestiones sobre Obama como una fuerza progresista. El artículo fue rechazado. ¿Por qué? Pregunté. “Por el momento”, escribió el editor, “preferimos mantener una aproximación más ‘positiva’ a la novedad representada por Obama…estamos dispuesto a discutir temas específicos…pero no nos gustaría decir que no supone ninguna diferencia.”

En otras palabras, el presidente estadounidense llamado a promover el sistema más rapaz en la historia es santificado y despolitizado por la izquierda. Lo que es llamativo ,sobre este estado de cosas, es que la llamada izquierda radical nunca ha sabido mejor, ha sido más consciente, de las injusticias del poder. El Movimiento Ecologista, por ejemplo, ha removido la consciencia de millones de personas, de forma que prácticamente cualquier niño sabe algo sobre el calentamiento global, y a pesar de ello hay resistencia en el movimiento ecologista a la noción del poder como un proyecto militar. Observaciones similares se pueden hacer sobre los movimientos gay y feminista; por lo que respecta el movimiento de los trabajadores, ¿respira todavía?

Una de mis citas favoritas es de Milan Kundera: “La lucha de la gente contra el poder es la lucha de la memoria contra el olvido.” No deberíamos olvidar nunca que uno de los objetivos primordiales del poder es distraer y limitar nuestro deseo natural de justicia social e igualdad y democracia real. Hace mucho, el gobierno invisible de propaganda de Bernays elevó a las grandes corporaciones de su estatus impopular, como una especie de mafia, al de una fuerza directriz patriótica. El Modo de Vida Americano empezó como un eslogan publicitario. La imagen moderna de Santa Claus fue una invención de Coca Cola.

Hoy, se nos presenta una oportunidad extraordinaria, gracias a la caída de Wall Street y la revelación, para la gente corriente, de que el libre mercado no tiene nada que ver con la libertad. La oportunidad es reconocer una agitación en EEUU que es algo nuevo para muchos en la izquierda, pero que está relacionada con un gran movimiento popular que crece por todo el mundo.

En América Latina, hace menos de 20 años, había la desesperación habitual, las divisiones habituales de pobreza y libertad, los matones habituales en uniforme dirigiendo regímenes atroces. Hay ahora un movimiento del pueblo basado en el resurgimiento de culturas e idiomas indígenas, y una historia de luchas revolucionarias y populares menos afectadas por distorsiones ideológicas que en ninguna otra parte.

Los increíbles logros recientes en Bolivia, Ecuador, Venezuela, El Salvador, Argentina, Brasil y Paraguay representan un lucha por los derechos políticos y comunitarios que es realmente histórica, con implicaciones para todos nosotros. Estos éxitos están expresados de forma perversa en el derrocamiento del gobierno de Honduras, pues mientras más pequeño es el país mayor es la amenaza de contagio de la emancipación que sigue.

A lo ancho del mundo, movimientos sociales y organizaciones de base han surgido para luchar contra el dogma del libre mercado. Han educado gobiernos en el sur sobre que producir alimentos para la exportación es un problema más que una solución a la pobreza global. Han politizado a gente corriente para que defienda sus derechos, como en Filipinas y Sudáfrica. Una auténtica globalización está creciendo como nunca antes, y esto es emocionante.

Considerad la extraordinaria campaña de boicot, desinversión y sanciones – BDS para acortar – dirigida a Israel, que se está extendiendo por el mundo. Barcos israelíes han sido rechazados en Sudáfrica y Australia occidental. Una compañía francesa ha sido obligada a abandonar sus planes de construir una vía férrea que conecte Jerusalén con asentamientos israelíes ilegales. Los selecciones deportivas israelíes se encuentran a sí mismas aisladas. Universidades han empezado a romper lazos con Israel, y los estudiantes están activos por primera vez en una generación. Gracias a ellos el momento sudafricano de Israel se aproxima, porque éste es el modo, en parte, como el apartheid fue derrotado.

En los 50, nunca esperamos que soplara el gran viento de los 60. Sentid la brisa ahora. En los últimos ocho meses millones de correos electrónicos airados, enviados por estadounidenses corrientes, han inundado Washington. Esto no ha pasado antes. La gente está indignada mientras sus vidas son atacadas; no tienen ningún parecido con las masas pasivas presentadas por los medios.

Fíjate en las encuestas sobre las que raramente se informa. Más de dos tercios de los estadounidenses dicen que el gobierno debería cuidar de los que no pueden cuidar se sí mismos; el 64 por ciento pagaría más impuestos para garantizar asistencia sanitaria para todo el mundo; el 59 por cierto son favorables a los sindicatos; el 70 por ciento quiere el desarme nuclear; el 72 por ciento quiere a EEUU completamente fuera de Irak; y todas van en el mismo sentido.

Durante demasiado tiempo, los estadounidenses corrientes han sido representados como estereotipos que son despectivos. Eso es por lo que raramente se informa de las actitudes progresistas de la gente corriente en los medios. No son ignorantes, son subversivos. Están informados. Y son “anti-americanos”.

Una vez le pregunté a una amiga, la gran corresponsal de guerra estadounidense y humanitaria Martha Gellhorn, que me explicara lo que significa “anti-americano”. “Te diré lo que es ‘anti-americano’,” dijo. “Es lo que los gobiernos y sus intereses creados llaman a aquellos que hacen honor a EEUU objetando a la guerra y al robo de recursos y creyendo en la humanidad. Hay millones de estos anti-americanos en EEUU. Son gente corriente que no pertenecen a ninguna élite y que juzgan a sus gobiernos en términos morales, ellos lo llamarían ‘decencia común’. No son vanos. Son la gente con una consciencia despierta, lo mejor de los ciudadanos estadounidenses. Se puede contar con ellos. Estuvieron en el sur con el movimiento de Derechos Civiles, acabando con la esclavitud. Estuvieron en las calles, demandando el fin de las guerras de Asia. Por supuesto, desaparecen de la vista de vez en cuando, pero son como semillas bajo la nieve. Diría que son verdaderamente excepcionales.”

Un cierto populismo está de nuevo creciendo en EEUU, el cual tiene un orgulloso, aunque olvidado pasado. En el siglo XIX un auténtico americanismo de base se expresó en los logros del populismo: el sufragio para las mujeres, la campaña por una jornada laboral de ocho horas, impuestos graduales y propiedad pública de los ferrocarriles y comunicaciones, y resquebrajar el poder de los lobbys de las grandes corporaciones.

Los populistas estadounidenses estaban muy lejos de ser perfectos; a veces mantenían malas compañías, pero hablaron desde el terreno, no desde arriba. Fueron traicionados por líderes que los instaron a ceder y fusionarse con el Partido Demócrata. ¿Sueno esto familiar?

Lo que Obama y los banqueros y los generales, y el FMI y la CIA y la CNN temen es que la gente corriente se una y actúe junta. Es un temor tan viejo como la democracia: el temor de que de pronto la gente convierta su enfado en acción y sean guiados por la verdad. “En un tiempo de engaño universal,” escribió George Orwell, “decir la verdad es un acto revolucionario.”





Entrevista con Sued Castro Lima, coronel de la Fuerza Aérea Brasileña, miembro fundador del Observatorio de las Nacionalidades
"La intervención de EEUU en Colombia sirve para aplastar a los movimientos populares o revolucionarios que surgen en América Latina"

Adital...13/09/2009


La instalación de siete bases militares de Estados Unidos en Colombia -prevista para este mes- reabrió el debate sobre el pretexto utilizado por el país norteamericano para encubrir su real objetivo en América Latina. El Plan Colombia -estrategia militar iniciada en 2000 por EEUU- fue justificado, inicialmente, como forma de combatir el narcotráfico en América Latina, ya que la mayor parte de las drogas producidas sería consumida en territorio estadounidense.

De acuerdo con el coronel aviador de la Fuerza Aérea Brasilera, Sued Castro Lima, la mayor parte de las drogas consumidas en Estados Unidos es producida en el propio país. Para él, la intervención estadounidense en Colombia sirve para "promover el aplastamiento de los movimientos populares o revolucionarios que surgen en América Latina y la intimidación o neutralización de iniciativas regionales autónomas en los campos económicos y de defensa, como es el caso de la Unión de Naciones Suramericanas (UNASUR)".

Sued es ingeniero civil y ya participó de varias misiones militares en Estados Unidos, Israel, Argentina, Chile y Rusia. Es miembro fundador del Observatorio de las Nacionalidades, entidad de investigación vinculada con la Universidad Federal de Ceará (UFC) y con la Universidad Estadual de Ceará (UECE). Lea, a continuación, la segunda y última parte de la entrevista que Sued concedió a ADITAL. Lea también la primera parte de la entrevista en: http://www.adital.com.br/site/noticia.asp?lang=PT&cod=40919

Adital - ¿Qué representa para América Latina la instalación de las bases militares en Colombia? ¿Y para Brasil?

Sued Castro Lima - Según el pensador francés Michel Foucault, uno de los instrumentos del ejercicio del poder resulta de la presencia física del dominador. A través de esa presencia, puede ostentar la fuerza destructora que le es propia, intimidando al más débil.

El estratega británico Liddell Hart, que vivió en el siglo pasado, consideraba que uno de los mayores objetivos estratégicos del comandante militar es el de tener acceso previo al más amplio grado de conocimiento sobre las fuerzas del virtual enemigo: cómo ocupan el terreno, cómo piensan, quiénes son sus jefes, cómo se preparan, en fin, evaluar sus puntos fuertes y sus vulnerabilidades. La presencia militar en el territorio de potencial conflicto armado ayuda a resolver bien tales cuestiones, pues posibilita la observación y el seguimiento de los acontecimientos que interesan al potencial invasor, abriéndole el acceso a informaciones cruciales para el desencadenamiento de sus eventuales propósitos de intervención militar.

La concesión del gobierno de Uribe para la instalación en territorio colombiano de siete bases militares operadas por miles de soldados norteamericanos tiene doble efecto: hiere la soberanía de su país y mina la Unión Suramericana de Naciones (Unasur), con su Consejo de Defensa, aún embrionarios, hijos dilectos de la política externa y de la estrategia de defensa regional desarrolladas por el gobierno de Lula.

Adital - Usted desconfía de la justificación de EEUU, que explica la implantación de las bases militares como mecanismo de combate al narcotráfico en la región. ¿De qué manera esas bases pueden amenazar la soberanía de los países latinoamericanos?

Sued Castro Lima - El argumento de fachada de combate al narcotráfico hace mucho que se perdió. Desde que comenzó, el año 2000, el Plan Colombia ha sido un enorme fracaso. La producción de cocaína viene aumentando, exactamente porque aumentó el mercado, concentrado en su mayor parte en Estados Unidos. Según el Washington Office for Latin America, órgano del gobierno de EEUU, el precio de la cocaína en el país cayó un 36% en los últimos años. La caída del precio es más un resultado del incremento de la oferta que de una reducción de la demanda. Estados Unidos continúa siendo el mayor consumidor de cocaína del mundo, con un 2,5% de la población enviciada con esa droga, alrededor de 7 millones de personas.

De la producción sudamericana que va hacia EEUU, sólo el 10% del lucro queda en los países productores, mientras que el 90% va a las manos de las mafias que operan dentro de EEUU. Son datos que indican que el territorio donde debería trabarse el principal combate contra el narcotráfico es el propio territorio estadounidense y no la selva amazónica.

Sobre este tema de la droga, Folha de São Paulo publicó (23/08/2009) una información sorprendente: durante la era Talibán (1996-2001), la producción de opio fue totalmente desmontada en Afganistán. El líder del grupo, mullah Mohammad Omar, consideraba a la droga "anti-islámica", y amenazaba con ejecutar a quien cultivara la amapola. Actualmente, con la presencia de tropas extranjeras en el país, la región es responsable de la producción del 70% del opio del mundo.

Al final, lo que es evidente es que el combate al narcotráfico en América Latina es sólo lo que se llama en contra información historia de cobertura. En 1986, Reagan incorporó la Doctrina de Seguridad Nacional, la National Security Decision Directive (NSDD), según la cual campesinos cultivadores de coca, militantes de izquierda, guerrilleros marxistas, gobiernos populares nacionales y grandes traficantes eran parte de un extraño complot destinado a destruir la integridad y el poderío político de Estados Unidos. El tráfico funciona, de esta manera, como el pretexto para justificar acciones militares destinadas a promover el aplastamiento de los movimientos populares o revolucionarios que surgen en América Latina y para intimidar o neutralizar iniciativas regionales autónomas en los campos económicos y de defensa, como es el caso de la Unión de Naciones Suramericanas (UNASUR).

Adital - ¿Cómo evalúa usted la postura de los países de América Latina ante la implantación de esas bases?

Sued Castro Lima - Se identifican claramente dos tipos de postura: los complacientes y los resistentes. Forman el primer grupo los gobiernos explícitamente de derecha, como los de Colombia, Perú, México y los golpistas de Honduras. Estos últimos ni siquiera cuentan con el reconocimiento de la abrumadora mayoría de la comunidad internacional de naciones, ni de los órganos multilaterales, como la ONU y la OEA. En el segundo grupo se alinean Brasil, Argentina, Ecuador, Venezuela, Bolivia, Paraguay, Uruguay, Chile, Cuba, Nicaragua, El Salvador y otros, constituyendo una amplia y significativa mayoría, lo que no deja de ser un hecho nuevo, comparado con la situación que existía hace pocas décadas, en que el alineamiento con Estados Unidos se daba automáticamente.

Bajo ese punto de vista, merece un destaque la política externa del Gobierno de Lula, que ha marcado una posición de calidad en los principales litigios internacionales ocurridos recientemente.

Adital - A nivel mundial, ¿cuál ha sido el papel desempeñado por las bases militares estadounidenses? ¿Cómo han encarado las naciones mundiales esa intervención militar?

Sued Castro Lima - La estrategia global de Estados Unidos reproduce lo que desarrolla en América Latina. El imperio se hace presente en gran parte del planeta explotando y oprimiendo a los pueblos, imponiendo su voluntad por la fuerza de la corrupción y de las armas. Estuvo presente en prácticamente todos los conflictos bélicos que tuvieron lugar en el planeta a lo largo de los siglos XX y XXI. Llevaron muerte y destrucción a Corea, Vietnam, Laos, Irak y Afganistán, para citar sólo los eventos más destacados, sin olvidar los ataques atómicos a Hiroshima y Nagasaki.

Actualmente EEUU mantiene cerca de 820 bases en 60 países. Dispone de un ejército de 1,5 millones de hombres, de los cuales 300 mil están en el exterior, la mitad de éstos en Irak y Afganistán. La otra mitad se esparce por otros países. El Gran Imperio del Norte gasta en su aparato bélico el equivalente al 42% de los gastos militares globales, alrededor de 610.000 millones de dólares.

Considero que las naciones que no abdican su soberanía ciertamente repudian tal estrategia de ocupación. Felizmente, Brasil integra ese grupo de países y ha mantenido una firme acción diplomática de negación de la presencia hegemónica de EEUU en los países latinoamericanos.




Los retos ante las bases gringas.

KAOSENLARED.NET....13/09/2009
Es un suceso que recuerda otros. Un hecho que cambia la coyuntura y exige –además de las consabidas declaraciones-

un nuevo contenido en las tareas y el alcance de la unidad nacional por parte de las organizaciones sociales y políticas colombianas, que procuran la soberanía nacional.Que el ENP, como principal esfuerzo de los movimientos sociales, entre en una nueva fase de reivindicación –por vida digna–, y que el reto de la dirigencia política se concentre en designar un Promotor con Contraloría de Unidad por la Paz Justa en cada comunidad y colectivo político y social existente en el país. En cada lugar donde raspe, camelle, sobreviva, viva, trabaje o se rebusque y luche por la justicia, cada uno de nuestros lectores debe exigir que se escoja un Promotor con Contraloría popular y social de unidad por la paz justa. Actividad, por supuesto, aunada al diseño colectivo de un modelo de país con orientación soberana y vocación latinoamericana, consigna ajena y escandalosa para la actual dirigencia nacional. Sin duda, la articulación de las dinámicas y los esfuerzos sociales, así como su propia unidad, se convierten en una obligación de todos los que aspiramos a la paz y la integración de nuestros pueblos. Superar el error de no tenerla y alcanzar esa unidad, además de vocación y compromiso con el pueblo, exige: crítica, autocrítica, supervisión, y requiere ¡medir la correlación de fuerzas sin subjetivismos! Esta vía para enfrentar la violación de nuestra soberanía nacional, que propicia el reencuentro de lo social con lo político, nos resulta útil al mismo tiempo para superar la crisis de dirección nacional que aún padecemos, y, cómo no, la crisis misma de liderazgo nacional que se prolonga en el tiempo y se confunde, en las coyunturas electorales, en liderazgos parciales que ganan cierta sintonía nacional





Es un suceso que recuerda otros. Un hecho que cambia la coyuntura y exige –además de las consabidas declaraciones– un nuevo contenido en las tareas y el alcance de la unidad nacional por parte de las organizaciones sociales y políticas colombianas, que procuran la soberanía nacional.

No es para menos. Así lo exige la reciente aprobación por parte de la dirigencia tradicional de Colombia de siete bases declaradas y dos subrepticias (Marandúa y operaciones en Catam) para que los Estados Unidos desplieguen desde allí su potencial militar –complementario de la IV Flota en el Caribe–, tanto sobre el país como sobre toda la subregión, en su afán por acelerar y lograr, por una parte, una solución cruenta del histórico conflicto nacional, y, por otra, romper la dinámica de autonomía, soberanía y multilateralismo que se respira desde hace pocos años en diversos países del continente.

Una medida dentro presionada por el incumplimiento uribista de la promesa de “solución militar rápida” desde cuando el entorno paramilitar lanzó su candidatura en el hotel Tequendama, durante el acto de ‘desagravio’ al general Rito Alejo del Río. Con las bases militares, por tanto, retoman, y amplían, el proyecto de control, repotenciando la intención original del ‘plan Colombia’, que, ante la crisis económica mundial y la derrota de Bush, ve en riesgo su financiación.

Ahora, cuando la intervención extranjera se profundiza, la soberanía nacional queda aún más marchita, el Congreso Nacional evidencia aún más su papel de simple florero, la paz se ve más lejana y la guerra gana nuevos escenarios. Duele. De nuevo, en espiral, nuestro país es entregado como plataforma de intervención militar de una potencia, y corremos el riesgo de servir de provocadores para romper los incipientes procesos de unidad regional, así como de violadores de la paz que por muchos años imperó en la región.

Hacer memoria: Cero y van dos

Como se recordará, aunque traten de borrarlo de la historia nacional, la primera gran intervención de Estados Unidos en nuestro territorio y contra los intereses nacionales fue sellada con el robo del Istmo de Panamá, sin resistencia ante el fusilamiento del patriota liberal indígena Victoriano Lorenzo. Cercenado el país, la dirigencia criolla no dejó de implorar el favor del nuevo imperio. En los años 50 del siglo XX, tal dirigencia se sumó a las aventuras estadounidenses en Asia y acompañó con el “Batallón Colombia” la guerra contra el pueblo coreano, en un primer aprendizaje de aniquilamiento del ‘enemigo’ y antecedente de la paramilitarización en las fuerzas armadas. Unos años después, en la década de los 60, Estados Unidos orienta la consolidación del ejército nacional y forma desde entonces a miles de sus oficiales, dotados con una ideología antinacional.

Pero la más reciente intervención, violatoria de la soberanía nacional, con silencio del Congreso Nacional y con reacción tardía de la izquierda y los movimientos sociales, y con neutralización de la insurgencia ante el otorgamiento (farc) y la promesa (eln) de zonas de despeje, se presentó en 1999 con la aprobación por parte del Congreso de los Estados Unidos del ‘plan Colombia’.

Cualquiera que lo revise podrá constatar que en este engendro antinacional se ordenan y se definen todas las medidas que habrán de aplicar el Estado y el Ejecutivo Nacional para enfrentar la guerra en curso, así como los ajustes en justicia, cárceles, fiscalía, economía, etcétera. Es un ‘plan’ aceptado y desarrollado con toda consecuencia por un Ejecutivo que, gracias al presidencialismo imperante, centraliza el poder en el país, y un Legislativo que se complace con las dádivas que le ceden para ganar su silencio. En aquel momento, las altas Cortes no atinaron a plantear crítica alguna. Un acuerdo stand by con el FMI, firmado por entonces, redondea las pretensiones, hoy evidentes en despojo, desplazamiento, reprimerización de la economía nacional, etcétera.

Así se ahondó la presencia de Estados Unidos en nuestro país: 800 soldados y 400 ‘asesores civiles’ –‘contratistas’– fueron autorizados para recomponer el ejército nacional, maltrecho tras la ofensiva de las farc en los años 90. Para colmo, se sumó la incapacidad del paramilitarismo –pese al mar de sangre con que ahogó al país– en su propósito de destruir el territorio de mando guerrillero y contener su concentración en el suroriente nacional. Miles de millones de dólares sirvieron para hacer realidad el plan.

En su refuerzo, la Iniciativa Regional Andina (2001) intentó llevar el ‘plan’ más allá de Colombia. Vano intento. Brasil no acogió la medida, y los acontecimientos que sirvieron para que Venezuela, Bolivia y Ecuador giraran en sus regímenes políticos dieron al traste con esa intentona. De igual manera, fracasó el Alca.

Directriz, acción y urgencia del momento

Cuando fue aprobado el llamado ‘plan Colombia’, tanto con la primicia de traducción al español de su texto, que incluyó cuatro cuartillas secretas de su misión militar, como consigna inmediata para el conjunto de las alternativas sociales y políticas del país, propusimos en nuestro periódico:

“Ser gobierno y ser poder”. Un nuevo contenido para la acción de organización y comunicación (más allá de la agitación y la propaganda que concibe la ortodoxia). Y al mismo tiempo,
Recorrer el camino de un Encuentro Nacional Popular (ENP). Este camino tenía –y aún tiene en su II Fase– como pretensión, encontrar y construir caminos de reconstrucción social y acción común, levantando –ante la claudicación del Congreso Nacional– el referente de una dualidad de poderes. Una meta popular por concretar a través de la realización de un Congreso o Parlamento de los Pueblos, con su sesión de cabildo abierto.
Pero no fuimos escuchados…

A pesar de esta circunstancia y con muy pocos aliados, intentamos informar y hacer realidad un día a día de esa directriz y ese proyecto. Ante el desafío, la fragilidad o crisis de la dirección nacional alternativa se hizo palpable, y asimismo la tradición grupista y ‘vanguardista’ de cada una de las organizaciones, algunas con abandono de la opción de poder, pero también con ausencia de liderazgo nacional de suficiente legitimidad.

Con las nuevas bases encima, y el cálculo de Uribe hasta 2019 para socavar la organización social urbana y aniquilar la resistencia contra el nuevo poder de latifundio-narcotráfico, conscientes también de la dinámica económica en que entró nuestro país, proponemos:

• Que el ENP, como principal esfuerzo de los movimientos sociales, entre en una nueva fase de reivindicación –por vida digna–, y que el reto de la dirigencia política se concentre en designar un Promotor con Contraloría de Unidad por la Paz Justa en cada comunidad y colectivo político y social existente en el país. En cada lugar donde raspe, camelle, sobreviva, viva, trabaje o se rebusque y luche por la justicia, cada uno de nuestros lectores debe exigir que se escoja un Promotor con Contraloría popular y social de unidad por la paz justa. Actividad, por supuesto, aunada al diseño colectivo de un modelo de país con orientación soberana y vocación latinoamericana, consigna ajena y escandalosa para la actual dirigencia nacional.

Sin duda, la articulación de las dinámicas y los esfuerzos sociales, así como su propia unidad, se convierten en una obligación de todos los que aspiramos a la paz y la integración de nuestros pueblos. Superar el error de no tenerla y alcanzar esa unidad, además de vocación y compromiso con el pueblo, exige: crítica, autocrítica, supervisión, y requiere ¡medir la correlación de fuerzas sin subjetivismos!

Esta vía para enfrentar la violación de nuestra soberanía nacional, que propicia el reencuentro de lo social con lo político, nos resulta útil al mismo tiempo para superar la crisis de dirección nacional que aún padecemos, y, cómo no, la crisis misma de liderazgo nacional que se prolonga en el tiempo y se confunde, en las coyunturas electorales, en liderazgos parciales que ganan cierta sintonía nacional.