lunes, 31 de octubre de 2011

Ante la resistencia libia


Rebelión...31/10/2011


Carece de sentido deplorar un asesinato: éste es modus operandi y modus vivendi de todo imperio. Útil es aprender sus métodos, reforzar la seguridad de los dirigentes y establecer mecanismos de sucesión que mantengan incólume el liderazgo.

Inoperante resulta criticar la ausencia de juicio y sentencia: las cortes imperiales son turbas de linchamiento y sus tribunales sepulcros blanqueados. Urge negarles jurisdicción mientras no condenen a sus propios sicarios.

No tiene caso descalificar tribunales internacionales que condenan sin proceso y expiden órdenes de detención por encargo. Hay que dejar sin efectos los tratados que nos someten a jueces o árbitros extranjeros y recuperar el derecho soberano de cada país a resolver sus controversias con sus tribunales propios y sus propias leyes.

Es irrelevante censurar un genocidio: las potencias hegemónicas se nutren de sangre derramada como los bosques de la lluvia. Cabe defenderse para no seguirlas alimentando.

Es inútil quejarse de entidades financieras que confiscan reservas internacionales: el latrocinio es su razón de ser. Hay que retirarles los fondos de los que se alimentan y colocarlos en instituciones nacionales o regionales invulnerables.

Es tiempo perdido denunciar el robo a mano armada por parte de los países hegemónicos. Es preciso armarse para no dejarse saquear.

Resulta vano condenar que mercenarios armados asesinen decenas de miles de ciudadanos desarmados: el asesino a sueldo es el único recurso de poderes que nadie se alista para defender. Lo indispensable es que cada ciudadano sea voluntario de su legítima defensa.

Futil es quejarse de países sicarios que prestan territorios para bases del Imperio y súbditos como carne de cañón de las transnacionales. Eficaz es negarles el sustento y el apoyo que les posibilite destruirnos.

De nada sirve demostrar que los monopolios mediáticos mienten, tergiversan, engañan y fabrican realidades: su industria es el fraude. Es necesario aprender a descubrir sus falsificaciones y crear redes alternativas de información y educación que divulguen los hechos.

Banal es lamentar que aves de rapiña se repartan los recursos del país que destruyen. Indispensable es asegurar que la rebatiña sea infructífera o imposible.

Inefectivo es reprobar la traición de políticos que agasajaron a cambio de otorgamiento de concesiones u homenajearon a precio de financiamiento de elecciones: A Judas hay que darle la soga y no los treinta dineros.

Ningún sentido tiene censurar a las potencias que en el Consejo de Seguridad omitieron el veto que hubiera evitado el genocidio. Son ellas quienes emprenden la marcha al patíbulo energético con el Mediterraneo confiscado por la OTAN, África ocupada por el Africom y Asia bloqueada por guerras de rapiña.

Irrelevante sería explicar que bombardeos de aplanadora de coalición imperial no equivalen a un movimiento social. El relevo de la leal izquierda de su Majestad es una incondicional izquierda de la OTAN, que cree que ésta le hará las revoluciones que nunca realizó ella misma.

Ineficaz es condolerse de que un pueblo sea invadido milicias extranjeras, cuyos propios países a su vez están ocupados por bases militares foráneas. Procede evitar que el propio territorio sea ultrajado por la planta insolente del extranjero.

Vano es lamentar que diferencias regionales, culturales, sociales o étnicas sean fomentadas y manipuladas por imperios como coartada para su injerencia. Efectivo es alentar el sentimiento de unidad en el propio país y el de integración en la región.

Inane es derramar lágrimas por las víctimas: imperativo destruir la maquinaria que las causa resistiendo con ellas la prueba terrible que nos viene.

http://luisbrittogarcia.blogspot.com


domingo, 30 de octubre de 2011

¿Qué quiere Obama?


Rebelión..30/10/2011

¿Por qué Barack Obama querría reunirse con la Presidenta Cristina Fernández? Sobran las conjeturas, pero las escasas –y además crípticas- declaraciones procedentes de Washington remiten a una agenda conteniendo temas tales como la supuesta presencia de grupos terroristas iraníes operando en América Latina, y particularmente en la Argentina, y la excesiva labilidad de la legislación nacional con relación al lavado de dinero, lo que habría originado el bloqueo estadounidense a créditos otorgados por el BID y el Banco Mundial. En realidad, estos asuntos carecen de sustancia: lo de los iraníes es en parte la clásica paranoia de Washington y en parte una táctica para presionar a nuestros países y para aislar, satanizándolo, a Irán. Lo del lavado de dinero es otra acusación que carece de fundamento, sobre todo cuando quien la esgrime tiene a unos cien kilómetros de la Casa Blanca uno de los paraísos fiscales más importantes del mundo: el Estado de Delaware, que publicita por todos los medios que cualquier compañía que instale allí su casa matriz, aunque sea una diminuta oficina, estará eximida del pago de impuestos por todos los ingresos producidos por sus subsidiarias que desarrollen sus actividades fuera de los pequeños límites de este estado, sea dentro de los Estados Unidos o en el exterior. Por eso un sesenta por ciento de las 500 mayores transnacionales listadas en la revista Fortune tienen sus oficinas centrales en ese estado, que además se vanagloria de tener una legislación que “no pone límites a la usura”.

Dados estos antecedentes y teniendo siempre en cuenta que jamás se puede confiar en la mentirosa benevolencia del imperialismo y sus voceros (el que tenga dudas mejor que medite sobre lo ocurrido con Gadafi), la hipótesis que se perfila con más fuerza para comprender el sentido de la invitación de Obama diría que está motivada por el deseo de sabotear, por ahora diplomáticamente, el proyecto integracionista representado por la UNASUR y aislar a los gobiernos de izquierda de la región, principalmente a la Venezuela de Chávez. El Acuerdo del Pacífico, recientemente promovido por Estados Unidos y secundado por México y en Sudamérica por Colombia, Chile y Perú, equivale a introducir el Caballo de Troya dentro de la UNASUR. No es casual que la inesperada solicitud para reunirse durante la Cumbre del G-20 en Cannes haya llegado poco después de que la Presidenta pronunciara dos discursos enfáticamente ‘unasurianos’ el domingo por la noche luego de su rotunda victoria electoral. La enfermiza obsesión de Washington es acabar con el experimento bolivariano y apoderarse del petróleo de Venezuela, como ya lo hizo con el de Irak y Libia. Para los halcones estadounidenses -de los cuales Obama es su solícito mayordomo- la estrecha relación consolidada a lo largo de estos años entre la Argentina y Venezuela es un molesto obstáculo que debe ser removido cuanto antes. La estrategia para el 2012, año en que se celebrará la crucial elección presidencial en Venezuela, es llegar a ese momento con un Chávez debilitado por una intensa campaña desestabilizadora –¡que ya ha comenzado!- que incluye desabastecimientos selectivos de artículos de primera necesidad, asesinatos al voleo hechos por paramilitares colombianos infiltrados ilegalmente en el país o lúmpenes reclutados para instalar una sensación de absoluta inseguridad ciudadana, y la permanente gritería de la “prensa independiente” (en realidad, la única instancia organizativa que tiene la derecha habida cuenta de la debilidad de sus expresiones partidarias) denunciando supuestas restricciones a la libertad de prensa en un país en donde desde un periódico, una radio o una televisora se puede hacer la apología del magnicidio o incitar a la violencia con total impunidad. Dentro de esta estrategia global, apartar a la Argentina del proyecto integracionista sudamericano es un paso táctico de la mayor importancia. Avanzar hacia ese objetivo parecería ser el único sentido posible de la invitación hecha por el mandatario estadounidense.

sábado, 29 de octubre de 2011

La doctrina de choque: el capítulo no escrito sobre Libia


Uruknet...29/10/2011

Poco antes de suicidarse en 1961, el escritor estadounidense Ernest Hemingway escribió sobre su terapia de electroshock: “Y bien, ¿qué sentido tiene que destruyan mi mente y borren mi memoria, que es mi patrimonio, y quedarme fuera de juego? Ha sido una remedio brillante pero hemos perdido al paciente”.

Estas líneas las citaba Naomi Klein en The Shock Doctrine: The Rise of Disaster Capitalism [La doctrina del shock: el auge del desastroso capitalismo]. El libro de Klein fue una importante contribución para nuestra comprensión de cómo los países occidentales, encabezados por Estados Unidos, facilitaron o se aprovecharon de importantes desastres para conseguir dominar países vulnerables y políticamente desarticulados en todo el mundo. En el capítulo titulado “Borrar Iraq: en busca de un ‘modelo’ para Oriente Próximo”, Klein describe el intento de destruir y luego resucitar al país para que encajara el molde diseñado por quienes administraron su caída. Concluía la Parte 6 con la siguiente afirmación: “Así que al final, la guerra en Iraq creó un modelo económico... se trata del modelo de privatización de la guerra y la reconstrucción —un modelo que rápidamente estuvo listo para su exportación”.

Estados Unidos había comenzado su guerra contra Iraq en 2003 con la campaña de bombardeos “Conmoción y pavor”. El objetivo era desubicar no sólo a Sadam Husein sino a la sociedad iraquí en su conjunto. Se daba por hecho que frente a tal capacidad de poder de fuego ningún grupo iraquí se atrevería a desafiar a sus nuevos gobernantes. Todos sabemos ahora lo equivocados que estaban. El hecho de que los terapeutas del shock se encuentren negociando en la actualidad los términos de su retirada no hace sino confirmar que la doctrina del shock fracasará en el futuro. En lugar de “curar al paciente” —como si eso hubiera sido alguna vez su verdadera intención— resplandece en una serie de crisis que se extienden más allá de los límites de la operación.

Sin embargo, de alguna manera, el “modelo” iraquí aún está siendo exportado, y la víctima actual de esta triste saga es Libia.

Lo que comenzó en Libia como una protesta pacífica el 15 de febrero pronto derivó en una guerra civil entre partes beligerantes que se posicionaban cada una como las verdaderas salvadoras del pueblo libio. Un Consejo Nacional de Transición (CNT), en su mayor parte integrado por desertores del régimen de Gadafi, decía representar a todos los libios. Por supuesto que no poseía tal mandato excepto por la rápida validación que les confirió la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN). Quizá el ejército libio confiaba en que su superior capacidad de fuego y las conexiones de Mu’amar al-Gadafi con los miembros de la OTAN que apoyaban al CNT garantizarían un resultado de la batalla a su favor.

Pero la OTAN hizo un cálculo diferente. En primer lugar, la llamada primavera árabe ha cambiado el estable paradigma de Oriente Próximo y Norte de África, donde los principales cambios geopolíticos están determinados con frecuencia por factores externos. Ello brinda a Estados Unidos y a sus aliados margen para iniciar políticas en lugar de responder a las crisis. En segundo lugar, según ha explicado Klein, las crisis pueden convertirse rápidamente en oportunidades para intervenciones “humanitarias” que permiten a las potencias occidentales crear escenarios de post-crisis convenientes a sus intereses. En Iraq, tras la guerra de 1991, Estados Unidos, Gran Bretaña y Francia declararon zonas de exclusión aérea sobre el norte y el sur del país. Se basaban en una interpretación discutible de la resolución 668 de Naciones Unidas. Los parámetros de la misión de las zonas de exclusión aérea finalmente se extendieron hasta significar la guerra abierta en 2003. Asimismpo, el argumento en que reposó dicha intervención se modificó también adecuadamente.

En Libia el escenario fue similar pero el tiempo era esencial. Los países de la OTAN (al borde de la bancarrota) que habían iniciado la guerra contra un ex aliado entendieron que no estaría en el ánimo de sus opiniones públicas apoyar una intervención militar costosa y prolongada. Por lo tanto, a diferencia de Iraq, a la OTAN le llevó cuestión de días interpretar la resolución 1973 del Consejo de Seguridad —que autorizaba “todas las medidas necesarias” para proteger a los civiles— en el sentido de un cambio de régimen en Libia.

Desde el punto de vista de la OTAN, las operaciones abiertas y encubiertas producirían resultados más rápidos y más satisfactorios en Libia que años de sanciones, ataques aéreos, debates sobre las resoluciones de Naciones Unidas y, finalmente, una invasión a gran escala. El comportamiento de la OTAN en Libia pareció estar controlado por un mayor sentido de urgencia que en el caso de Iraq. Y aún así, existen evidentes puntos en común. Libia fue Iraq, repetidamente conmovida y despavorida; Sirte fue Faluya, y Sadam colgado de una soga fue un Gadafi ensangrentado y moribundo en la parte trasera de un camión.

En su visita a la “tierra libre de Libia” el 18 de octubre, la secretaria de Estado estadounidense Hillary Clinton esperaba que Gadafi fuera pronto capturado o muerto. La expectación fue reiterada por los responsables británicos y franceses, todos aparentemente deseosos de pasar de una época de dictadura a una de democracia. Pero el caos de seguridad que ya ha enraizado en Trípoli parece el destino más probable que espera a la “nueva Libia”. El líder provisional libio ha planteado la opción de incorporar combatientes libios al ejército o contratistas de seguridad privada. En cuanto a la reconstrucción, aquí también se seguirá el ejemplo de Iraq. Se encargará la misión a los miembros de la OTAN que han hecho méritos en la “liberación” libia.

Senadores estadounidense de la derecha, incluido John McCain, escribieron sobre Libia en The Wall Street Journal lo siguiente:

    Lo que queda es una oportunidad enorme para que Estados Unidos construya una asociación con un gobierno libio democrático y pro-estadounidense que contribuya a expandir la seguridad, la prosperidad y la libertad a través de una región clave en un momento de cambio revolucionario.

Los terapeutas del shock siguen aplicando su horrible tratamiento a otra víctima. El futuro de Libia es ahora tan incierto como el de Iraq. Y aún así, como en Iraq, ello no significa que el tratamiento vaya a tener éxito. Como escribiera Ernest Hemingway una vez: “Un hombre puede ser destruido pero no derrotado”.

Traducción para Rebelión de Loles Oliván

Fuente: http://www.uruknet.info/?p=m82582&hd=&size=1&l=e