martes, 27 de septiembre de 2011


El objetivo es la relación entre EE.UU. e Israel
La Tercera Intifada


CounterPunch...27/09/2011

Queda por ver qué cambiará realmente sobre el terreno en los próximos meses después de la iniciativa palestina de solicitar a las Naciones Unidas que reconozcan un Estado palestino en los territorios ocupados por Israel en 1967 como Estado miembro u observador de la ONU. Esa iniciativa podría significar una victoria sustantiva para el pueblo palestino, solo una victoria simbólica, o un revés cuantificable si EE.UU. e Israel convierten su retórica vindicativa en políticas concretas. Mientras esperamos que se aclare el impacto de la iniciativa en la ONU, debemos reconocer que, a pesar de todo, ha sido una semana histórica de diversas maneras.

I.

El evento más importante que será registrado por futuros historiadores es que esta semana pasada en septiembre representó el momento en el cual el conflicto árabe israelí se transformó estructuralmente en un conflicto árabe-israelí/estadounidense, por la manera profunda y explícita en que el gobierno de EE.UU. se ha puesto de parte de Israel. EE.UU. ha tratado históricamente, sin mucho éxito, pero a pesar de ello haciendo un esfuerzo visible, de expresar su apoyo a la supervivencia y seguridad de Israel mientras trataba de mediar una resolución del conflicto que incluya el nacimiento de un Estado palestino en gran parte de las tierras ocupadas en 1967. Ese acto de equilibrio, por poco convincente que haya sido, ahora está formalmente muerto por el momento, gracias a disparos en el corazón de un pelotón de fusilamiento de políticos estadounidenses que han lanzado andanadas de disparos contra el débil y condenado fenómeno que otrora se llamó “mediación de EE.UU.”

EE.UU. ha elegido colocarse junto a Israel de dos maneras importantes: [1] El presidente dejó claro que la Casa Blanca valora los derechos israelíes más que los derechos palestinos, y [2] el Congreso dominado por los republicanos se ha puesto el manto de representante del sionismo así como del pueblo estadounidense.

Israel ha pasado de la fase en la que buscaba su bienestar y restauración nacional en tiempos pasados como la “city on the hill” [ciudad en la montaña] a la situación actual en la que su bienestar se basa en el simple control de la montaña [The Hill], el Congreso de EE.UU.

El nuevo conflicto que pone al mundo árabe en confrontación con el combinado israelí/estadounidense no se librará con medios militares, como ha sido el caso desde 1947 en el antiguo conflicto árabe-israelí. El nuevo conflicto verá a los árabes y sus partidarios y amigos en busca de medios políticos y otros pacíficos para enfrentar, resistir y cuestionar a Israel-EE.UU. de la misma manera que el mundo lo hizo con la Sudáfrica del apartheid hace décadas. Es porque EE.UU. ha mostrado ahora sin ambigüedades que acepta la posición israelí sobre los temas existenciales de Estado, soberanía y derechos nacionales que forman el corazón del conflicto palestino-israelí y de conflictos árabes-israelíes más amplios. Israel-EE.UU., un solo protagonista político colectivo, se ha posicionado directamente más allá de los confines de los inmensos y universales sentimientos legales y éticos que ven la necesidad de reconocer un Estado palestino como el mejor medio de terminar las fracasadas negociaciones bilaterales mediadas por EE.UU. y buscar justicia y seguridad para todas las partes en este conflicto. Israel-EE.UU. está aislado y criminalizado a los ojos de la mayor parte del mundo. De ser la “nueva Jerusalén” que Israel-EE.UU. ha pretendido representar a menudo, es ahora la “nueva Sudáfrica”.

II

De la misma importancia es el segundo evento histórico de este mes: Los palestinos, los árabes y la mayor parte del resto del mundo ya no dudan en enfrentar a Israel-EE.UU. El inmenso poder que posee Israel-EE.UU. ya no representa un disuasivo para los que están en desacuerdo con él o desean resistir sus excesos y su criminalidad contra palestinos y otros árabes. Que incluso un débil líder palestino como Mahmud Abbas haya podido resistir en gran parte las intensas presiones, amenazas y sobornos a los que lo sometió Israel-EE.UU. en las últimas semanas, indica que hemos entrado a la Tercera Intifada, dirigida contra la posición política de Israel-EE.UU. y no solo contra la ocupación israelí. Las implicaciones de que los palestinos y otros hayan desafiado osadamente al combinado israelí-estadounidense serán inmensas, y tardará meses antes de que sean más evidentes. Si acciones políticas como la iniciativa en la ONU se combinan con la desobediencia cívica popular y la resistencia de masas contra Israel en todos los terrenos cuando entren en contacto con los árabes -en sus fronteras, en Cisjordania, Gaza, Jerusalén Este, dentro de Israel, y en embajadas israelíes en todo el mundo– es probable que veamos presiones significativas para crear un mecanismo enteramente nuevo para intentar la solución pacífica del conflicto árabe-israelí, que sigue siendo la solución pacífica para todos.

III

Son días históricos en Medio Oriente, en todos los frentes:

1. Dentro de los países árabes.

2. En las relaciones turcas en la región.

3. En el conflicto árabe-israelí.

4. En las interacciones árabes con EE.UU.

5. Y tal vez dentro de poco en nuevos roles para Europa o Rusia de alguna manera.

La síntesis de esos cinco dominios tardará algunos años en ser evidente. Cuando eso suceda, probablemente miremos hacia este mes de septiembre de 2011 como el momento decisivo en la conducta de los principales protagonistas.

Rami G. Khouri es periodista de The Daily Star, y director del Issam Fares Institute for Public Policy and International Affairs en la American University de Beirut, en Beirut, el Líbano.

Traducido del inglés para Rebelión por Germán Leyens

lunes, 26 de septiembre de 2011

Hispanos o latinos


La Jornada...26/09/2011


El censo de Estados Unidos ha empezado a liberar información procesada sobre los hispanos, de acuerdo con el censo de 2010, y sobre los extranjeros que provienen de América Latina y el Caribe, de acuerdo con la encuesta American Community Survey. Ambos documentos se pueden encontrar en Internet y se les identifica como briefs o resúmenes breves.

Los latinos en 2010 sumaron 50.5 millones, 15 más que en 2000. Y representan 16.3 por ciento de la población total. Pasaron de un modesto 12.5 por ciento –que apenas superaba a la minoría negra por una fracción de punto porcentual– a marcar una gran diferencia. La población negra está prácticamente estancada y la que crece es la hispano-latina, tanto por crecimiento natural como por inmigración.

Otro punto que llama la atención es que México forma parte de Centroamérica en ambos documentos. Ya han pasado 15 años del TLC y seguimos sin ser considerados como Norteamérica. En buena parte, porque de eso se trata, de un tratado comercial y nada más. No implica integración a otros niveles.

En realidad el censo estadunidense ha ido variando las categorías y definiciones desde que en 1970 decidieron manejar como categoría aparte a los hispanos-latinos-españoles. En efecto, con esas tres categorías pretenden agruparnos a todos. No obstante, persisten los problemas. Cuando se trata de mexicanos de origen, el censo distingue tres categorías: mexicanos, mexico-americanos y chicanos. Finalmente optó por olvidarse de los españoles, que son los mexicanos de Nuevo México que pregonan su herencia hispana y se autodefinen como españoles y se confunden con los peninsulares.

Las confusiones vienen de atrás y el chasco fue mayúsculo cuando en el censo de 1990 decidieron distinguir a los mexicanos de los centroamericanos. Resulta que en Kansas, según los resultados del censo, se concentraba un número inusitado de centroamericanos. Lo que resultaba sumamente extraño. Cuando fueron a verificar en campo los datos, resulta que para muchos rancheros de Kansas, ellos eran el centrode America (de Estados Unidos), y por eso marcaron esa casilla, aunque no tuvieran nada que ver con los guatemaltecos o salvadoreños.

La simpleza de dividir a blancos y negros se complica con los hispano-latinos, que pueden ser blancos, negros, mestizos o indios, incluso asiáticos. La categoría hispano-latino no es racial, pero en la práctica opera como tal. Ya no tanto por el color de la piel, como por el origen nacional, la lengua o el ancestro.

El prurito ha llegado a tal nivel que los blancos ya no son blancos en Estados Unidos, tampoco los negros. Ahora son white non hispanic o black non hispanic. Y esa es la punta del iceberg. Todavía no han empezado a tallar con el problema de los asiáticos que pueden ser de origen indio, chino, coreano, japonés, tailandés, laosiano, etcétera.

No todo es culpa del censo estadunidense. De hecho la confusión y los problemas de identidad son más un problema nuestro que de ellos. Pero el espíritu anglosajón, que lo quiere ordenar y clasificar todo, pretende resolver el problema. Un problema ancestral e irresoluble, porque somos al mismo tiempo latinoamericanos, hispanoamericanos e iberoamericanos. Y cada definición incluye y excluye a determinados países. Latinoamérica excluye a España e incluye a Brasil, es el espíritu latino frente a lo anglo que se acuñara en la Francia del siglo XIX. Hispanoamérica significaba dos cosas: primero la América criolla de origen español pero contestataria, luego los españoles nos vendieron el mito de la madre patria y los hijos pródigos volvieron al redil y formamos parte de Hispanoamérica, que excluye a Brasil. Por su parte, Iberoamérica incluye a Brasil y a Portugal.

No hay modo de resolver el entuerto. En buena parte, porque el gigante Brasil no se siente parte de Latinoamérica. Es más, está tratando de resolver su propio problema identitario al modo estaunidense: distinguiendo razas. Cerca de 80 por ciento de los brasileños tiene origen negroide. Pero ahora uno se puede autoidentificar como negro y obtener ciertos beneficios de un programa de acción afirmativa o de justicia histórica con un sector del país tradicionalmente discriminado.

Mientras que los negros cubanos o dominicanos se sienten y se identifican como hispanos o latinos, no sucede lo mismo con los migrantes brasileños. Un estudio realizado en Boston, donde se concentra gran parte de la emigración brasileña, indica que muchos de ellos prefieren identificarse, o hacerse pasar, por negros. Lo cual tiene una gran ventaja. Hoy en día el peor estigma es ser considerado como indocumentado o ilegal. Por eso prefieren pasar por negros y mimetizarse con un grupo sobre el que no cabe duda de su legalidad.

Queda todavía un asunto pendiente. Qué hacer con los españoles peninsulares, que no quieren ser considerados en Estados Unidos como hispanos o latinos. Dizque ahora son de origen europeo, aunque hace unos años decían que Europa empezaba más allá de los Pirineos.

Finalmente hay que señalar que en Estados Unidos el término hispano se utiliza mucho más que el de latino, aunque éste haya ido cobrando fuerza en los últimos años. No tiene sentido hablar de música, comida o bailes hispanos. O mejor dicho tiene totalmente otro sentido. Pero se habla de herencia hispana y no de herencia latina. De hecho hay políticas editoriales específicas. The New York Times utiliza simpre el término hispano, mientras que Los Angeles Times utiliza siempre el término latino.

Por lo pronto la confusión ya provocó que un político afirmara, ante un público hispano-latino, que se iba a poner a estudiar latín…

Fuente: http://www.jornada.unam.mx/2011/09/25/opinion/022a2pol

domingo, 25 de septiembre de 2011

Las recetas económicas de Obama reanudan batallas


AIN...25/09/2011


Tras meses de intensas fricciones entre demócratas y republicanos, y a 14 meses de las elecciones, los recientes planes de estímulo para el crecimiento económico propuestos por Barack Obama, presidente de los Estados Unidos, amenazan con reanudar la batalla partidista.

Tanto en los enfrentamientos sobre el límite de la deuda nacional, que colocaron al país norteño al borde del colapso financiero, como en los debates para huir del estancamiento económico y la creación de empleos, la posición del Partido Republicano es contraria al aumento de impuestos y sí a favor de la reducción de los gastos del gobierno.

La semana pasada Obama avivó las discusiones con legisladores opuestos luego de la presentación de un costoso plan para reducir el desempleo, por un valor de 447 mil millones de dólares, y en esta lo hizo con uno que apuesta por la reducción del déficit en unos cuatro billones. Para ambos es imprescindible el aumento de la recaudación impositiva a los más acaudalados.

Desde hace algún tiempo el mandatario estadounidense había manifestado su intención de eliminar las ventajas concedidas durante la presidencia de su predecesor, George W. Bush, a las familias de altos ingresos, a las grandes compañías petroleras, de gas, y para los dueños de aviones privados, según el sitio oficial del gobierno.

Otros ahorros, de acuerdo con el proyecto, provendrían del fin de la intervención militar de Estados Unidos en Afganistán e Irak, y de reformas a los subsidios agrícolas y del seguro sanitario para los adultos mayores, refiere la misma fuente.

Después de conocer el plan el Partido Republicano expresó su rechazo con la justificación de que en él subyace un claro matiz electoral.

Aunque también argumentaron que subir los impuestos a los ricos, denominados por ellos creadores de empleos, sólo contribuye a frenar la inversión, sobre todo en la crisis actual, cita la agencia española EFE.

A ello Obama contestó, que de no implementarse, significaría recortes drásticos a la educación, a la investigación, al desarrollo, a la infraestructura, a la seguridad alimentaria, y a la salud.

Los republicanos han criticado duramente la gestión del presidente demócrata por las débiles cifras de crecimiento y por los altos niveles de desempleo, que llega al 9,1 por ciento. Estos aspectos constituyen los más duros golpes a su reelección.

De ahí también el abierto rechazo a sus recetas para salir del marasmo económico.

En ese caso también está la propuesta bautizada como Acta de Trabajo de los Estados Unidos, que cuenta con la inconformidad de esos legisladores, ya que para ellos supone elevar el déficit presupuestario.

Específicamente ellos arguyen que el gasto en infraestructura incrementará el déficit en el corto plazo, así como también que podría detener el crecimiento en el sector empresarial, según la agencia británica Reuters.

La iniciativa incluye recortes de impuestos al 98 por ciento de los pequeños negocios, e inversiones inmediatas por 50 mil millones para la construcción de carreteras, transporte público, ferroviario y aéreo, lo cual podría estimular la contratación de los hispanos.

También beneficiaría a 25 millones de latinos que recibirían recortes fiscales y más de un millón podría ver prolongados sus beneficios de desempleo, subraya el sitio oficial de la Casa Blana.

Este proyecto representaría un estímulo importante para la alicaída economía norteamericana, si tenemos en cuenta que más del 70 por ciento de la actividad económica de ese país depende del gasto de los consumidores.

Una economía deprimida, y marcada por millones de estadounidenses desocupados no ayudará a salir de la crisis que vive hoy Estados Unidos, y que arrastra al mundo.

Obama ha instado al Congreso de su país a no dilatar la aprobación de sus planes, y aunque los republicanos conocen el riesgo de oponerse a iniciativas para reactivar la economía y el desempleo, también saben que podría levantar la popularidad apagada del presidente. (AIN) 11

sábado, 24 de septiembre de 2011

Obama en las Naciones Unidas
La voz arrogante del imperialismo


Global Research...24/09/2011

El presidente Obama pronunció un vacío y arrogante sermón en las Naciones Unidas el miércoles, adornado con perogrulladas sobre la “paz”, con el propósito de ocultar las políticas depredadoras de Washington.

El presidente de EE.UU. recibió una tibia reacción de los jefes de Estado, ministros de exteriores y delegados a la ONU reunidos. Ni una sola línea en su discurso provocó aplausos. La novedad de hace dos años, cuando Obama hizo su primera aparición ante el organismo posando como campeón del multilateralismo en contraste con Bush, se evaporó hace tiempo. Como el mundo llegó a saber muy rápido, el cambio de ocupante de la Casa Blanca hizo poco por cambiar la dirección de la política exterior estadounidense o por limitar la expansión del militarismo de EE.UU

El propósito inmediato del discurso de 47 minutos de Obama fue suplementar una campaña entre bastidores de amenazas e intimidación orientadas a obligar a la Autoridad Palestina a abandonar su plan de buscar una votación en el Consejo de Seguridad de la ONU sobre el reconocimiento de su condición de Estado miembro soberano.

Washington ha prometido vetar cualquier intento de reconocimiento de Palestina como Estado si llega al Consejo de Seguridad, una acción que solo subrayaría el verdadero carácter de la política imperialista de EE.UU. en Medio Oriente y la hipocresía de sus afirmaciones de identificación con los levantamientos revolucionarios de las masas árabes.

El discurso y la defensa por Obama de la amenaza de veto sirvieron para lograr el mismo propósito: disminuir aún más la popularidad del presidente de EE.UU. en el mundo árabe. Según un sondeo reciente, su calificación favorable en la región ha caído de cerca de un 50% cuando llegó al poder a apenas 10%, aún menos que George W. Bush en su segundo período.

Obama se apresuró a ir del podio en la sala de la Asamblea General a una reunión y una presentación conjunta con Benjamin Netanyahu. El primer ministro israelí elogió las observaciones de Obama y dejó claro que los dos trabajan en una estrategia conjunta para forzar al jefe de la Autoridad Palestina, Mahmud Abbas, a que abandone la solicitud de reconocimiento del Estado. Se informó el jueves de que hubo esfuerzos por lograr que la delegación haga una petición de reconocimiento enteramente simbólica y acepte postergar cualquier votación hasta después de la reanudación de las negociaciones con Israel mediadas por EE.UU.

Ha habido dos décadas de esas conversaciones que no han llevado a ninguna parte, mientras Israel ha expandido incansablemente los asentamientos sionistas en Cisjordania y Jerusalén ocupados. Desde el inicio de las negociaciones en 1991, la cantidad de colonos es más del doble, mientras Cisjordania ha sido dividida internamente por asentamientos, carreteras de seguridad y puestos de control, así como el muro de seguridad del apartheid que la separa de Israel.

Las observaciones de Obama en el discurso en la ONU representaron aún más acomodo con Israel que con su propuesta de mayo para una reanudación de las conversaciones, que según dijo entonces deberían basarse en las fronteras anteriores a 1967 con “trueques mutuamente acordados”. Esa declaración, que apoyó implícitamente la demanda de Israel de retener los asentamientos existentes, simplemente reiteró la política oficial del gobierno de EE.UU. desde el gobierno de Clinton. No obstante, la simple referencia a las fronteras provocó una tormenta de críticas de Netanyahu, de la derecha isaelí y del Partido Republicano.

En su discurso ante la ONU, Obama no mencionó ni las fronteras de 1967 ni ninguna propuesta de detener la expansión de asentamientos en Cisjordania. En su lugar, presentó la base para propuestas de negociaciones como: “Los israelíes deben saber que cualquier acuerdo provee garantías para su seguridad. Los palestinos merecen conocer la base territorial de su Estado.” Como dejaron claro las demás observaciones del presidente, ambas condiciones deben ser dictadas por Israel.

Mientras, según las informaciones, los funcionarios estadounidenses amenazan entre bastidores a la Autoridad Palestina con la detención de toda ayuda de EE.UU. si sigue adelante con la solicitud de reconocimiento, en su discurso Obama describió el recurso a la ONU como un “atajo” que no lograría nada.

Descartando el papel de la institución a la que había elogiado retóricamente al comienzo de sus observaciones, Obama dijo: “La paz no llegará a través de declaraciones y resoluciones de la ONU, si fuera tan fácil, ya se habría logrado”. Por cierto, numerosas resoluciones de la ONU sobre los sufrimientos de los palestinos han sido repudiadas e ignoradas tanto por Israel como por Washington. EE.UU. ha utilizado su veto en el Consejo de Seguridad para evitar muchas más.

Respondiendo evidentemente a las críticas derechistas de candidatos presidenciales republicanos, quienes lo han denunciado por “lanzar a Israel bajo el autobús” con su observación sobre las fronteras de 1967 en mayo pasado, Obama hizo todo lo posible para descartar los agravios históricos sufridos por el pueblo palestino y se identificó incondicionalmente con Israel.

Sobre los palestinos, solo dijo que merecen “un Estado soberano propio” y que “han visto que esa visión ha sido retardada durante demasiado tiempo”.

Eso fue seguido por una declaración de que “el compromiso de EE.UU. con la seguridad de Israel es inconmovible, y nuestra amistad con Israel es profunda y duradera”. Continuó con su descripción de Israel como país “rodeado de vecinos que han librado varias guerras contra él", cuyos “ciudadanos han muerto por cohetes disparados contra sus casas y atacantes suicidas contra sus autobuses”. Se refirió a Israel como un “país pequeño” en un mundo “en el cual algunos dirigentes de naciones mucho más grandes amenazan con borrarlo del mapa”. Y terminó invocando el Holocausto.

“Estos hechos no pueden negarse”, dijo. Nadie podría llegar a adivinar de esta selección de “hechos” que unos 4 millones de palestinos viven bajo la opresión y la constante violencia de la ocupación israelí, y que otros 5 millones son refugiados, expulsados de su patria.

Tampoco, en realidad, se podría tener la menor idea de las constantes guerras que “el pequeño Israel”, con sus fronteras elásticas, ha librado contra sus vecinos. Entre las más recientes están la guerra de 2006 contra el Líbano, que causó la muerte de 1.200 civiles y la destrucción de gran parte de la infraestructura de ese país, y la “Operación Plomo Fundido” de 2008 contra Gaza, que costó la vida a casi 1.500 palestinos, en comparación con 13 israelíes.

Con un tono de exasperación, Obama reconoció que “para muchos en esta sala”, el problema palestino es un tema que “sirve de test” de las afirmaciones de Washington de ser un campeón de los derechos humanos y la democracia.

En realidad, sin embargo, el resto del discurso resultó igual de revelador en cuanto a la hipocresía y los intereses imperialistas que impregnan las políticas de Washington en todo el mundo.

La premisa presentada al principio del discurso de Obama fue que el gobierno de EE.UU. está empeñado en “la búsqueda de la paz en un mundo imperfecto”. El discurso incluyó un manido refrán, repetido tres veces: “la paz es difícil”.

Elaborando sobre este tema, Obama se refirió a las retiradas parciales de soldados de la guerra y ocupación de ocho años y medio de duración en Iraq, y la guerra de una década en Afganistán. Alardeó de que para finales del año, solo 90.000 soldados estarán desplegados en esas guerras.

El objetivo de Washington, dijo es forjar una “cooperación de iguales” con Iraq “fortalecida por nuestro apoyo para Iraq, para su gobierno y sus fuerzas de seguridad”, y una “cooperación duradera” con “el pueblo de Afganistán”. Afirmó que esos cambios demuestran que “la marea de la guerra se retira”.

La retórica sobre “cooperación”, sin embargo, se refiere a los planes aplicados por la Casa Blanca y el Pentágono para mantener tropas estadounidenses, agentes de la CIA y bases de EE.UU. en ambos países, mucho más allá de las fechas fijadas para la retirada de EE.UU. El imperialismo estadounidense está determinado a seguir persiguiendo los objetivos que subyacieron en las guerras desde el comienzo: control hegemónico sobre las reservas estratégicas de energía en la Cuenca del Caspio y el Golfo Pérsico.

Obama procedió a continuación a ensalzar la “Primavera Árabe”, y declaró: “Hace un año las esperanzas del pueblo de Túnez fueron reprimidas… Hace un año, Egipto había conocido a un presidente durante casi treinta años”.

Sobra decir que el presidente estadounidense no hizo ninguna referencia a qué apoyo mantuvo durante tanto tiempo en el poder a los dictadores Ben Ali y Mubarak, ni a los actuales intentos de Washington de rescatar a los regímenes que dirigieron, y de reprimir los movimientos de masas populares que impusieron su derrocamiento.

De ahí, pasó a elogiar la guerra de la OTAN en Libia, declarando que, al autorizar esa intervención imperialista, “las Naciones Unidas estuvieron a la altura de su Carta”.

En realidad, la guerra representó una violación fundamental de la doctrina de esa Carta, que proclama la “igualdad soberana” de todos los Estados miembros, exige que todas las disputas se solucionen de manera pacífica e insiste en que los Estados miembros “se abstengan en sus relaciones internacionales de la amenaza del uso de la fuerza contra la integridad territorial o la independencia política de cualquier Estado”.

En el caso de Libia, EE.UU. y sus aliados de la OTAN se las agenciaron, proclamando la amenaza de una inminente masacre en Bengasi, para obtener una resolución autorizando “todas las medidas necesarias” para proteger a los civiles. Utilizaron esa resolución como cobertura de una guerra de cambio de régimen. Las potencias de la OTAN realizaron miles de ataques aéreos y enviaron soldados de las fuerzas especiales para organizar, entrenar y armar a una fuerza “rebelde” para una guerra que ha costado la vida a decenas de miles de libios. El objetivo de esta guerra, como las de Afganistán e Iraq anteriormente, es la dominación de las reservas estratégicas de energía, así como insertar el poder militar occidental en medio de una región que enfrenta la agitación revolucionaria.

“Así debe funcionar la comunidad internacional”, declaró Obama en relación con la operación libia, lo que trae a la memoria la descripción de Lenin de la Liga de Naciones, predecesora de la ONU, como “cocina de ladrones”.

Hablando de tareas inacabadas y potenciales intervenciones imperialistas futuras, Obama condenó a Irán por no “reconocer los derechos de su propio pueblo” y llamó a que la ONU imponga nuevas sanciones contra Siria. “¿Estaremos junto al pueblo sirio, o con sus opresores?”, preguntó.

Ante los sangrientos eventos de Yemen, donde han masacrado a más de 100 civiles en los últimos tres días, Obama no pudo ignorar por completo los levantamientos contra regímenes respaldados por EE.UU. en la región. En Yemen, sin embargo, no hubo llamado alguno a oponerse a los opresores, solo un llamado a “buscar un camino que permita una transición pacífica”.

Aún más tibia fue su referencia a Bahréin, la base de la 5ª Flota de EE.UU. Declaró que “EE.UU. es un cercano amigo de Bahréin”. Respecto a ese país, donde miles han sido asesinados, torturados, encarcelados, golpeados y despedidos de sus empleos por pedir derechos democráticos, propuso solo un “diálogo significativo”, mientras justificaba la represión sugiriendo que los bahreiníes enfrentan “fuerzas sectarias que los desgarrarían”.

El resto del discurso consistió de un recitado vacío y poco convincente de las usuales perogrulladas. Incluyeron la eliminación de las armas nucleares, respecto a las cuales Washington, sentado sobre el mayor arsenal nuclear del mundo y único Estado que ha utilizado armas semejantes, sermoneó a Corea del Norte e Irán. Arremetió contra la pobreza y la enfermedad e insistió en la necesidad “de no postergar la acción exigida por el cambio climático”. Agregó llamados por los derechos de las mujeres así como de los gays y las lesbianas.

Sobre el tema decisivo que enfrentan millones de trabajadores en EE.UU. y en todo el globo, Obama reconoció que “la recuperación económica es frágil”, que “demasiada gente carece de trabajo” y que “demasiados tienen dificultades para subsistir”. Refiriéndose al multibillonario rescate de los bancos, alardeó: “Actuamos en conjunto para evitar una depresión en 2009” e insistió en que “Una vez más debemos tomar una acción urgente y coordinada”.

Pero como en todos los demás temas incluidos en su discurso, el presidente estadounidense no tuvo ninguna propuesta de “acción coordinada”, de ningún programa o política. En última instancia, la retórica vacía de Obama es una expresión directa de la profunda crisis que afecta al capitalismo estadounidense y a su elite financiera gobernante mientras enfrenta el colapso económico y la amenaza de agitación revolucionaria.

© Copyright Bill Van Auken, World Socialist Web Site, 2011

World Socialist Web Site

Bill Van Auken es un político y activista estadounidense del SEP (Socialist Equality Party), de tendencia trotskista. Fue candidato a las elecciones presidenciales estadounidenses de 2004.

Traducido del inglés para Rebelión por Germán Leyens

viernes, 23 de septiembre de 2011

La verdad sobre la "guerra de clases" en EE.UU.


The Guardian/ICH...23/09/2011

Republicanos y conservadores siempre se oponen a propuestas de aumentar impuestos a las corporaciones y a individuos ricos con dos afirmaciones básicas: Primero, semejantes propuestas equivalen a una “guerra de clases” anti-‘americana’, que enfrenta a la clase trabajadora a las corporaciones y los ricos. Segundo, semejante actuación extraería dinero para el gobierno que de otra manera se invertiría en producción y por lo tanto crearía empleo.

Ni la lógica ni la evidencia apoyan una u otra afirmación. La acusación de guerra de clases es particularmente burda. Basta con considerar los siguientes dos hechos: Primero, a finales de la segunda guerra mundial, por cada dólar obtenido por Washington de impuestos a individuos, obtenía 1,50 dólares en impuestos sobre beneficios empresariales. Actualmente, esa ratio es muy diferente: por cada dólar que Washington obtiene en impuestos a individuos, recibe 25 centavos en impuestos a los negocios. En breve, el último medio siglo ha visto una transferencia masiva del peso de la tributación federal de las empresas a los individuos.

Segundo, durante esos 50 años, el cambio real que ocurrió fue lo contrario del mucho más modesto cambio de dirección propuesto esta semana por el presidente Obama; durante el mismo período, la tasa federal sobre la renta de los individuos más acaudalados cayó de un 91% al actual 35%. No obstante, republicanos y conservadores utilizan el término “guerra de clases” para lo que propone Obama, y nunca para lo que las últimas dos décadas han significado en la transferencia del peso de los impuestos de los ricos y las corporaciones a la clase trabajadora.

La estructura tributaria impuesta por Washington a EE.UU. durante el último medio siglo representa una masiva doble transferencia del peso de la tributación: de las corporaciones a los individuos y de los individuos más ricos a todos los demás. Si el debate nacional quiere seriamente utilizar un término como “guerra de clases” para describir las políticas tributarias de Washington, la realidad es que los que han ganado en la guerra de clases han sido las corporaciones y los ricos. Los perdedores –el resto de nosotros– quieren ahora reducir modestamente sus pérdidas mediante pequeños aumentos de impuestos a los superricos (pero no, o todavía no, a las corporaciones).

Referirse a este esfuerzo como si hubiera introducido repentinamente la guerra de clases en la política de EE.UU. es deshonesto o se basa en la ignorancia de lo que han sido realmente las políticas tributarias federales. O tal vez, para los conservadores, es una mezcla conveniente de ambos factores.

Gran parte del mismo análisis se aplica a las afirmaciones republicanas de que los gravámenes a las corporaciones y a la gente acaudalada saca dinero que de otra manera se habría invertido en el crecimiento de los negocios y por lo tanto en la creación de empleo. No se distribuye a nadie más y por lo tanto tampoco se gasta en bienes de consumo. Gravar una porción de ese dinero para financiar el estímulo de la economía por parte de Washington gastando ese dinero –o aún mejor, para contratar y remunerar a los desocupados– sería un medio mucho más efectivo de proveer puestos de trabajo que dejándolo acumulado en los cofres de las corporaciones.

El mes pasado, Warren Buffett molestó a muchos de sus “amigos mega-ricos” con lo que declaró categóricamente en un artículo de opinión en elNew York Times. Dejó claro que nunca ha encontrado a ningún inversionista serio que decidiera invertir o no básándose en las tasas de los impuestos. Siempre fue la perspectiva de beneficios la que representaba la diferencia. Luego instó a los estadounidenses a aumentar los impuestos a los ricos como él. También dio a entender –sin mucha sutileza– que comenzaba a ser políticamente peligroso para la supervivencia de todo el sistema económico seguir teniendo una minoría de gente extremadamente rica que paga impuestos federales a tasas más bajas que la mayoría de ingresos medianos y bajos.

La ironía final de habladurías sobre la guerra de clases es la siguiente: las voces republicanas y conservadoras que se oponen a todos los aumentos de impuestos a los ricos provocan al hacerlo una renovación de la conciencia de clases en EE.UU., como insinuó Buffett y advirtió de modo más explícito la semana pasada el alcalde de Nueva York, Michael Bloomberg. Entonces, Washington podría aprender lo que significa realmente la guerra de clases.

Richard D Wolff es profesor emérito de economía de la Universidad de Massachusetts, Amherst, donde enseñó economía de 1973 a 2008. Actualmente es profesor visitante en el programa de posgrado de asuntos internacional de la Universidad New School, New York City. Richard también da clases regularmente en el Foro Brecht, en Manhattan. Su libro más reciente es: Capitalism Hits the Fan: The Global Economic Meltdown and What to Do About It (2009). Un archivo completo de la obra de Richard, incluidos vídeos y podcasts, se encuentra en su sitio web.

© 2011 Guardian News and Media Limited

Traducido del inglés para Rebelión por Germán Leyens